Nuevo viaje, nueva experiencia, nuevas anécdotas. Una vez más me encuentro aquí, frente al teclado, buscando las palabras idóneas que definan una nueva página de nuestra vida. Aunque más que de páginas debería hablar de capítulos, los que componen nuestras vivencias juntos alrededor del mundo.

Vienna

Rathauspark, Viena

En esta ocasión la aventura se desplazaba hacia al este, lo más al este que, al menos en mi caso, había estado hasta el momento. Alemania, República Checa, Austria y Hungría eran los destinos de un viaje realmente inolvidable. Desafortunadamente no éramos todos los que somos, reto que aún sigue pendiente, pero poco más se podía pedir. Cambiaron los compañeros de ruta, cambiaron las anécdotas, cambiaron los ridículos, cambiaron las personas que encontramos en nuestro camino. Pero hay algo que no cambió: nuestro espíritu por seguir recorriendo el mundo poco a poco.

Esta entrada hablará de ciudades y de gentes, pero sobretodo hablará de historias. Las historias que componen el trayecto desde la T4 del Aeropuerto de Madrid-Barajas hasta la Estación de Trenes de Múnich pasando por Frankfurt, Berlín, Praga, Breclav, Viena y Budapest. Esta entrada está destinada a perpetuar las historias de un nuevo viaje, otro más en la que espero sea una larga lista.

Tres partimos desde Madrid rumbo Frankfurt, expectantes ante lo que nos esperaba, ilusionados por el hecho de incluir Budapest en la ruta en el último momento o intrigados por como podría ser un Youth Hostel en Praga por 6.51€ la noche, entre otras cosas. Éstas dos, desde luego, colmaron nuestras expectativas. El Hostel de Praga, un absoluto agujero con avisos en forma de mensajes en los somieres sobre lo indeseable de sus huéspedes, backpacks rajados o robados, solitarios empleados en recepción, duchas inmundas y en general gente extraña. ¿Qué más puede pedir un backpacker? En cuanto a Budapest, ciudad maravillosa y deprimente a partes iguales -el clima no ayudó- y con la Estación de trenes más miserable que yo haya visto, por no hablar de la seguridad que inspira su servicio de custodia de equipajes por 600 Forintos el día -unos 3€, al cambio-. Espeluznante.

Berlin

Berliner Dom, Berlin

Viena ya fué otra historia. Nueve horas de trayecto desde Praga para recorrer poco más de 450km en una travesía infernal a través de toda la República Checa bien valieron la pena al encontrarnos, nuevamente, en el primer mundo. Su exquisita cerveza nacional Gösser acompañó nuestros paseos por la ciudad de Mozart, realmente preciosa y una de las sorpresas más agradables del viaje.

Mención a parte merece Alemania. Que país tan maravilloso, de veras. Frankfurt, a pesar de su escasa riqueza cultural (recomiendo encarecidamente no reservar estancias de 3 días) se desmarca como una ciudad moderna y agradable, en la tónica del país. Múnich y especialmente Berlín mantienen las virtudes de la ciudad del Meno y añaden muchas otras. El Youth Hostel de la capital alemana, sin duda el mejor, nos mostró lo encantadora que es la gente que viaja como tú, con poco pero a la vez con tanto. Vuelves a comprobar como multitud de destinos de tan distinta naturaleza pueden entrecruzarse en una habitación con 12 camas. La capital de Baviera, por su parte, nos dejó un poco con la miel en los labios. Y con el susto en el cuerpo. Si hay algo de Múnich que siempre recordaremos eso es, sin dudarlo, su estación. Nada más llegar registro rutinario por parte de las autoridades alemanas, las cuales nos detuvieron por la espalda y a las que sólo les faltó desnudarnos en busca de no sé exactamente qué. Toda una experiencia. En lo que a la ciudad se refiere, sencilla y tranquila a partes iguales, ni tiene rascacielos que la eleven como a Frankfurt ni los necesita, pues está a años luz de ésta en casi todos los sentidos. Realmente bonita.

Munich

Karlstor, Munich

Pero si hay una ciudad que permanecerá en nuestro recuerdo por encima de todas ellas esa es, sin duda, la ciudad de Breclav. Perdida en el sur de la República Checa ya en su frontera con el norte austríaco, Breclav es el enclave más deprimente e inhumano que yo haya visto en mi vida. Con una estación sacada de mis peores pesadillas -sólo comparable a la de Praga Holesovice, inhóspita-, la villa es lo más parecido a Racoon City que haya sobre la faz de la tierra. Sólo faltaban los zombies, quienes probablemente dormían a esas intempestivas horas.

Finalmente y dejando de lado ciudades, trenes y estaciones, hay algo que recordaremos por encima de todo ello: las anécdotas que quedaron entre Madrid y Frankfurt. Desde Laszlo Paraflex hasta Mendosa, pasando por el Doctor Zaius, el “it’s greatis” o todo lo, como se dise, “ripugnante” que hemos encontrado a lo largo del camino. ¿Lo he dicho bien?

Como ya adelanté en la entrada referente al LeftRightLeftRightLeft, último retoño de los británicos Coldplay, el pasado 4 de Septiembre fuí uno de los afortunados que asistió al único concierto de la banda en España. Concretamente en el Estadio Olímpico Lluís Companys de Barcelona, con un aforo de casi 64 000 espectadores y con el Sold Out colgado en las taquillas desde el pasado mes de Enero. Es decir, muchas espectativas sobre Chris Martin y los suyos, acrecentadas, si cabe, por el anuncio de la grabación del concierto para el futuro DVD en directo del Viva la Vida Tour. Alicientes todos ellos previos al bautismo de los londinenses como nueva banda de estadio del panorama musical, al menos en lo que a nuestras fronteras se refiere.

Coldplay

Chris Martin durante la actuación de la banda en la Ciudad Condal

El espectáculo fué, digámoslo así, agridulce. Su calidad en vivo es a estas alturas indiscutible, al igual que su capacidad para mover masas a cualquiera de sus magnánimos shows. El carisma de Martin y la facilidad de la que hace gala para dominar el directo no dejan de sorprenderme gratamente. Pero igual de cierto fué que los problemas de sonido (que los hubo), aunque leves, lastraron un concierto que pudo haber sido impecable y se quedo en el intento. Las melodías de Coldplay suenan, si cabe, más grandiosas cuanto más grandioso es el recinto que las alberga. Y así lo demostraron cuando los miles de vatios preparados a tal efecto cumplieron a la perfección. Cuando no lo hicieron, únicamente pudieron aguantar el tipo y concluir la interpretación de turno. Así ocurrió en el primer minuto de concierto, tras el ya clásico Danubio Azul de Strauss y los acordes de Live in Technicolor, Violet Hill trajo el primer fallo y los primeros silvidos por parte de un público que no podía creer lo que veía. O lo que oía, más bien. El espectáculo transcurrió con relativa normalidad, grandes interpretaciones pero con un sonido que seguía resultando desalmado y poco acorde al marco incomparable que lo rodeaba.

Con el paso de los temas el concierto ganó como el buen vino. Las canciones enchufaban cada vez más al respetable y Coldplay recuperaba fuerza sobre el escenario. La puesta en escena de himnos como Yellow, Clocks o Viva la Vida se encargaban de ello. Uno de los más esperados de la noche, su grandioso Fix You, alcanzaba el punto culminante del show y ponía a la gente de pie con su espéctaculo final de fuegos artificiales. Se notaba en el ambiente que era uno de los directos más ansiados. Lost!, como no podía ser menos, la preciosa Strawberry Swing o el impecable directo de Lovers in Japan ratificaban que los problemas de audio estaban más que olvidados. Pero llegó Politik, una de las interpretaciones más increíbles de su Live 2003, y que en este caso volvía a dejar en evidencia graves problemas técnicos. Los altavoces del Olímpico de Montjuïc echaban nuevamente por tierra uno de los temas más desgarradores de la banda. Así llegamos al clásico amago de final de concierto, con la banda despidiéndose de un público que, por supuesto, no pensaba moverse de allí. Aún quedaban cosas en el tintero. A su retorno, y tras pedir disculpas por los mencionados problemas técnicos, Martin se mostró sobresaliente al piano interpretando The Scientist, una auténtica joya que pone los pelos de punta de quién la escucha. Death and all his friends -sublime- y Live in Technicolor II allanaron el camino para que The Escapist cerrara, fuegos artificiales incluidos, un concierto lleno de luces y sombras. Las luces brillaron más que nunca, a modo de impecables interpretaciones tarareadas por 64 000 gargantas -entre las que se encuentra la curiosa versión de Billie Jean como particular homenaje a Jackson- pero las sombras debilitaron un directo que pudo ser memorable -salvo el estropicio de God put a smile upon your face y Talk- y que, ciertamente, no lo fué.

Hace aproximadamente un mes un amigo me comentó que había llegado a él un artículo que podría resultarme interesante. El texto en cuestión, cuyo autor es Juan Antonio Rivera, no era si no parte de su temario de Historia del Pensamiento Económico y fué publicado por el Diario El País (si si, El País) el jueves 6 de Febrero de 1997. Efectivamente el artículo no sólo me resultó interesante si no que automáticamente despertó mi interés por compartirlo con vosotros. Como no podía ser menos se trata de un texto marcadamente económico y, por supuesto, abierto a todo tipo de opiniones. Dada su extensión algunos fragmentos pueden resultar algo engorrosos e incluso rozar lo pedante, pero se trata en líneas generales de un texto de enorme calidad en casi todos los sentidos, en especial los cuatro últimos párrafos. ¡Os invito a disfrutarlo!

La izquierda y el mercado | Los liberales y la igualdad

Augusto Klappenbach hace en su artículo Las dos morales (El País, 14 de Enero de 1997) un resumen cuidadoso y nada “traidor” de la proposiciones que yo defendía en La izquierda y la escala (El País, 31 de Diciembre de 1996) y esto es lo primero que tengo que agradecerle. Mantengo, en efecto, que soluciones institucionales que resultan operativas en comunidades de pequeña dimensión (intercambio económico basado en la solidaridad, participación política directa, ect) pueden dejar de serlo cuando la escala social se amplía significativamente. Decía también que en el momento en que la gente que reflexiona desde la izquierda abandona las críticas al orden institucional existente y se anima a hacer propuestas alternativas concretas, estas propuestas acusan muy a menudo una tendencia a violar las constricciones de escala, es decir, sugieren cambios institucionales que presuponen inadvertidamente una muy improbable vuelta a la microcomunidad.

Un ejemplo de esta tendencia lo encontramos en la consabida crítica antiliberal al mercado competitivo, que Klappenbach hace suya con entusiasmo y elocuencia. Digamos para empezar que los efluvios de la moral cálida ancestral fundada en el altruismo se han conservado -dentro del marco de nuestras civilizaciones- en los círculos más estrechos de relaciones (familiares, amigos, etc) e incluso, pero ya con más dificultades, en estructuras intermediarias (asociaciones de vecinos, ateneos culturales, cofradías gastronómicas, etc). Pero si tomamos temperatura a nuestras disposiciones morales cuando nos movemos hacia esferas de relación más amplias, en el trato con desconocidos y con personas que ocupan efimeramente nuestro radio de atención, comprobaremos que esas disposiciones morales se enfrían inexorablemente. Hay un gradiente de altruismo según el cual nuestra inclinación a atender solidariamente las necesidades y deseos de nuestros semejantes decae sin remedio y sin parar a medida que dilatamos el círculo de nuestros contactos. Por la razón que sea no estamos hechos para el altruismo indiscriminado o insensible a la escala. Si fueramos de verdad altruistas indiscriminados, la extensión del tamaño de nuestras sociedades no alteraría las cosas sustancialmente y podríamos seguir confiando en la solidaridad y el altruismo como resortes que nos impulsaran a atender las necesidades y deseos de aquellos a quienes apenas conocemos.

Aceptando que nuestra condición moral no es tan magnífica, solo cabe esperar de la solidaridad una efectividad continuada en grupos humanos de reducido tamaño. En condiciones de civilización la solidaridad no basta (lo cual no es lo mismo que decir que esté de más); en este marco extenso, los deseos y apetencias de las personas son transimitidos a través del sistema de señales del mercado y se manifiestan en incrementos en la demanda de bienes y servicios concretos que, ceteris paribus, provocarán el aumento del precio de estos. Si este incremento persiste lo suficiente en el tiempo, actuará como incentivo que alentará a otros individuos a destinar los recursos que poseen a la producción de esos bienes y servicios que reclaman seres humanos desconocidos para ellos.

En los órdenes sociales extensos es la búsqueda de beneficios, y no la solidaridad, el principal acicate que nos mueves a atender impremeditadamente los gustos y carencias de los demás. El rechazo del mercado en una civilización extensa -obsesión favorita de los antiliberales- sólo parece que se pueda hacer en nombre de la añoranza por la vieja solidaridad tribal o bien para proponer que sea el Estado el organsimo de coordinación económica que sustituya al mercado. No sé, sinceramente, a cual de estas dos posturas se apunta Klappenbach. Si se trata de la primera, es completamente cierto que la solidaridad (privada y organizada no estatalmente) funciona mejor que el mercado en ciertos contextos muy específicos (la donación de sangre es uno de los mejores ejemplos), pero no tiene caso plantearla seriamente como solución general al problema de concertar la actividad económica en un orden extenso. Si en lo que piensa Klappenbach es en la superioridad del Estado como agencia de coordinación económica (cosa que sinceramente no le deseo que piense), habría que decir que los estridentes y reiterados fracasos del socialismo real han fundido en el más absoluto descrédito esa idea.

Afirmar todo esto es compatible, desde luego, con admitir que el mercado tiene fallos en su funcionamiento (monopolios, externalidades, etc). Los economistas nos han ilustrado convincentemente acerca de estos fallos, y no es mi propósito ignorar o amortigüar su importancia. Pero la equivocación que muchos cometen es adoptar, ante la evidencia de los fallos de mercado, una actitud que bautizaré como poperiana: si el mercado tiene fallos hay que abandonarlo de inmediato y sin evasivas como mecanismo de coordinación. Esta actitud, más que proclamada como tal, queda insistentemente sugerida en muchos casos. Un maximalismo así está fuera de lugar; más sensato parece en este punto un talante kuhniano (o mejor aún lakatosiano): el mercado tiene fallos, no cabe duda, pero habrá que seguir haciendo uso de él hasta tanto demos con un mecanismo alternativo que lo haga tan bien como el mercado allí donde el mercado lo hace bien y que, además, triunfe allí donde el mercado fracasa.

Con esto llegamos a otro punto sensible en la diatriba antimercado de Klappenbach. Tan seguro e inevitable como el movimiento de los astros es que en una disputa entre un antiliberal y un simpatizante del liberalismo el primero acabará poniendo sobre la mesa antes o después a los pobres del mundo, al tiempo que espeta al otro una mirada reprobadora cuyo contenido aproximado es este: “¿Ves? A esto es a lo que conduce la tan cacareada competencia. Vuestra es la responsabilidad por la polarización creciente del mundo en pobres y ricos”. Klappenbach no se priva de esto en su artículo, pero afortunadamente sus buenos morales le apartan de la antipática perentoriedad con que, además, muchos antiliberales reclaman credenciales de decencia moral a los partidarios del mercado, asumiendo de paso, y sin titubeos, el monopolio de esa decencia moral. Forma ya parte, por desgracia, del imaginario colectivo la figura turbia del liberal refocilándose innoblemente ante el espectáculo abrumador de la desigualdad entre los seres humanos, o convertido en vocero inconfesable de los intereses de los privilegiados.

Bien sabe uno que cualquier cosa que diga no podrá nunca competir con el poder de estas imágenes hincadas en el inconsciente colectivo, pero aun a trueque de este desaliento anticipado me gustaría dejar claro de una vez por todas que los liberales y aquellos que simpatizamos con el liberalismo estamos tan a favor de la promoción de una mayor igualdad económica y, sobretodo, de la redención de la pobreza de buena parte de la humanidad como pueda estarlo el más intransigente devoto del socialismo. Lo que sucede es que desde el liberalismo y sus aledaños se contempla la igualdad de un modo que no coincide con el habitual entre la izquierda. En un orden social extenso (y subrayo esto) una mayor igualdad económica no es para un liberal un objetivo que se pueda alcanzar directamente mediante el diseño de instituciones para este propósito (como un Estado fuertemente redistribuidor). Esta es la forma en que socialistas y comunistas nos han acostumbrado a contemplar la igualdad y nos puede haber llegado a parecer que es la única. Pero para un liberal el valor de la igualdad -al que él también se adscribe- se comporta más bien como un subproducto, es decir, como un estado de cosas que se alcanza mejor cuando no nos proponemos obtenerlo directamente, sino en realidad como resultado colateral de la consecución de otros valores.

Los regímenes políticos que han tratado de lograr la igualdad económica por derecho y a las bravas no sólo han fracasado sino que han sacrificado en el camino las libertades individuales y otros valores civilizatorios indeclinables. Se hace regularmente más por la causa de la igualdad fomentando la competencia, la libertad de iniciativa económica y la ejecución limpia de los contratos que a través de políticas directamente redistributivas que acaso no consigan otra cosa que espolear inadvertidamente lo clientelismos y la corrupción. Mis simpatías por el liberalismo no me impiden ver, sin embargo, la pertinencia moral de algunas de esas políticas redistributivas en punto a corregir desigualdades arbitrarias en el reparto inicial de oportunidades y recursos (talentos naturales y privilegios de cuna ante todo) entre los miembros de una misma sociedad; pero en cualquier caso estas medidas rectificadoras de la distribución de mercado no deberían nunca robar a éste su protagonismo si se desea que la sociedad siga siendo libre y próspera.

Tal día como hoy hace 27 años venía al mundo una de las personas más especiales de mi vida. Esta es solo una manera más de decirle: Felicidades, te quiero.

Marta

Lo venían anunciando desde hace tiempo pero, definitivamente, el nuevo directo de Coldplay es ya una realidad. Desde el pasado viernes está disponible para todo bicho viviente con acceso a internet, simplemente entrando en su web y descargando la versión digital con la que los británicos han decidido obsequiar a todos sus fans. Pero la cosa no queda ahí. Los privilegiados que asistan a alguno de sus conciertos del presente año 2009 -entre los que, dicho sea de paso, me encuentro- recibirán la versión este nuevo album del cuarteto londinense ipso facto, es decir, el clásico cd con su cajita, como debe ser.

Este LeftRightLeftRightLeft no es si no un directo compuesto por 9 temas, ninguno de ellos inédito -puede que alguno de vosotros no haya oído aún Death will never conquer- y todos interpretados en su Viva la Vida Tour, desde el primero al último. El art work no presenta grandes excentricidades y se aleja de la línea que venía siguiendo todo lo referente a su último trabajo. Delacroix deja paso a esta particular mariposa color verde, que para quienes estuvisteis viéndoles en vivo el pasado año habrá supuesto un grato recuerdo del memorable directo de Lovers in Japan -doy fe-, y para quienes no estuvisteis no habrá significado gran cosa. Sea como fuere, tanto para unos como para otros ya esta aquí esta nueva joya de Martin y los suyos, en este caso en directo. Disfrutadla.

 

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El sugerente art work

 LeftRightLeftRightLeftTracklist

  1. Glass of water
  2. 42
  3. Clocks
  4. Strawberry swing
  5. The hardest part/Postcards from far away
  6. Viva la vida
  7. Death will never conquer
  8. Fix you
  9. Death and all his friends                                                                                                                                                                                                                                

2200, de hecho. 22oo clicks en esta web de gente esperando leer cosas interesantes bien merecen un agradecimiento. Y una disculpa, probablemente. Sea como fuere la falta de tiempo, que no de ganas, me han impedido actualizar últimamente. Pero en estos instantes, en plena clase de Análisis Económico, he encontrado el momento idóneo. Bien sabido es por todo estudiante que se precie que las posibilidades de hacer todo aquello que casi nunca haces aumentan proporcionalmente a la cercanía de los exámenes. Que verdad. La Semana Santa, los puentes y el exceso de ocio, por lo tanto, suponían un contexto imposible para encontrar un mínimo de inspiración. Pero amigos, un examen mañana y aproximadamente 14 trabajos pendientes de entregar lo cambian todo. Y de que manera. El estrés empieza a hacer mella en el Campus, el ambiente en la Biblioteca crece por momentos y los fracasos se avecinan, una vez más, inexorables. Es una situación curiosa en la que cada uno se desenvuelve como buenamente puede. Incluido yo mismo. 9 horas diarias en la Universidad pasan factura, que duda cabe, si bien es cierto que en ese sentido, para que negarlo, me siento bastante privilegiado. El hecho de ver el futuro un poco incierto no me lo hace sentir tanto. Asignaturas imposibles y asignaturas lamentables frenan por momentos mi entusiasmo. Pero lo recupero enseguida. La vida es una sucesión de estados de ánimo, inevitablemente, y los míos son, si cabe, especialmente aleatorios. 

Cambiando de tercio, en estos instantes estoy sumido en la lectura de un par de libros que derivarán en una más que probable entrada. En un sentido, como casi siempre, crítico, hablaré de algunas de las verdades y de muchas de las mentiras que percibo en ellos. Por lo demás, tengo multitud de viajes por comentar y muchas anécdotas por exagerar. Se avecinan puentes y fines de semana muy ajetreados, entre ellos este próximo, que me alejarán un poco de las teclas. Pero los exámenes están a la vuelta de la esquina y os lo aseguro, tengo muchos, muchísimos. ¿qué más puede pedir un blogger? Inspiración a raudales.

Ya está aquí. En sólo unas horas dará comienzo una nueva edición de la Super Bowl, el evento deportivo con más repercusión a nivel mundial, el espectáculo más visto, la noche más larga. Y es que hablar de Super Bowl es hacerlo de un baile de cifras mareantes. Desde los millones de espectadores que siguen la retransmisión en directo hasta los miles de millones de dólares en publicidad directamente ligados a ese hecho. Pero más allá de todo eso la Super Bowl es sinónimo de espectáculo. Ese espectáculo que cada Febrero nos arrebata algunas horas de sueño a quienes, en mayor o menor medida, amamos este deporte llamado fútbol americano. O, hablando con propiedad, simplemente football. Ese otro football tan desconocido en el viejo continente, pero con cada vez más adeptos, atraerá durante unas horas las miradas de medio mundo. El otro medio simplemente dormirá.

Super Bowl

Presentación de la edición XLIII de la Super Bowl

La cita será en el Raymond James Stadium de Tampa (Hillsborough, Florida) donde se verán las caras los Pittsburgh Steelers y la, sin duda, gran sorpresa del torneo, los Arizona Cardinals. Los ‘Acereros’ parten con un favoritismo ciertamente abrumador frente a unos Cardinals casi novatos y procedentes, además, de la con casi total seguridad conferencia más débil de las 8 que componen la NFL. Su más que discreto parcial de 9-7 en la regular season tampoco ayuda a pensar en que el milagro es posible. Pero lo es. Hagamos memoria. Bueno, no es necesario. Hace tan sólo 12 meses Eli Manning se convertía en el MVP de un partido que proclamó a los Giants de Nueva York campeones de una Super Bowl aparentemente perdida de antemano. Los Patriots que, de la mano de Brady,  llegaban a la Final haciendo historia (19-0) se dieron de bruces contra un último cuarto más histórico si cabe. Es la magia de decidir todo el campeonato a un partido: lo anterior carece de importancia. Y a eso se aferra Arizona. A eso y a su QB Kurt Warner, quién apoyándose en tres receivers de la calidad de Fitzgerald, Boldin y Breaston deberá inclinar la balanza hacia el oeste. Pittsburg, por su parte, intentará explotar su mayor valor: la probablemente mejor defensa de la liga. Eso, unido a Roethlisberger, al acierto de sus running backs Parker y Moore y a pesar del estado de forma de Hines Ward -más que discutible- debería ser suficiente para ver a los Steelers, sólo tres años después, alzar su sexto entorchado. La suerte está echada.

“Viva la Vida is 2008’s best seller”. Así rezaba el titular que abría la sección de noticias de la página web de Coldplay hace tan sólo unos días, confirmando de manera oficial que las blancas letras de ‘Viva la Vida’ plasmadas sobre la famosa obra de Delacroix ‘La Liberté guidant le peuple’ dan nombre al ya mejor album del pasado año. Sumergidos ahora en 2009 y con la mirada puesta en un futuro más que prometedor para el cuarteto londinense, se antoja imposible no echar la vista atrás. Y de manera especial al pasado más reciente. 2008 se ha ido, pero tras él salen a relucir sus cifras, sus huellas, sus protagonistas. Y en lo que a la música se refiere la unanimidad es abrumadora. Los británicos ponen el broche de oro a un año de ensueño encabezando la Official Global Hitlist, o lo que es lo mismo, con su Viva la Vida or Death and All his Friends en la cima de los discos más vendidos del año. Esta lista, elaborada por Media Traffic, refleja las ventas de compactos en el período comprendido entre el 12 de Enero de 2008 y el 10 de Enero de 2009. 

Viva la Vida

Viva la Vida, nº1 de 2008

El cuarto album de estudio de Chris Martin y los suyos vió la luz el 16 de Junio del pasado año, vendiendo por lo tanto en poco más de seis meses la friolera de 6,6 millones de copias alrededor del mundo y aventajando así en más de 1,5 a Amy Winehouse y su Back to Black, en segundo lugar con algo más de 5,1 millones y a AC/DC y su Black Ice, terceros con poco más de 5 millones de copias. Digno de mención es el quinto puesto de Leona Lewis, que con su album debut Spirit ha alcanzado la nada despreciable cifra de 4,3 millones de fans incondicionales. Igualmente sorprendente -o no, cuestión de opiniones- es el hecho de que lo más parecido a algo en español que encontramos en la lista sea el título del propio ‘Viva la Vida’. Ni rastro de la lengua de Cevantes entre los mayores éxitos del 08.

En lo que a la lista de singles se refiere, el tema Viva la Vida se sitúa como el segundo mayor éxito del año únicamente por detrás de Leona Lewis y su Bleeding Love. Violet Hill, el que fuera primer sencillo del album, también consigue colarse en el Top 40 de 2008 situándose en la posición 39, sólo por delante del Shadow of the Day de los californianos Linkin Park.  

Por último, el Viva la Vida Tour se posiciona como la cuarta gira más rentable del año en una lista, esta sí, encabezada por la ambición rubia Madonna y su Sticky & Sweet Tour con una recaudación que supera los 200 millones de €. Martin y compañía, aunque más modestos, han obtenido unos beneficios de 1,2 millones por show en una gira con más de sesenta fechas, entre las cuales figuran sus conciertos en Barcelona y en el Palacio de Deportes de la capital de España.                                                 

 

 

Back to BlackAlbum Countdown Top 10 | 2008

 

1. Coldplay | Viva la Vida / 6,6 million

2. Amy Winehouse | Back to Black / 5,1 million

3. AC/DC | Black Ice / 5,0 millionSpirit

4. Duffy | Rockferry / 4,5 million

5. Leona Lewis | Spirit /4,3 million                                                                          

6. Soundtrack Mamma Mia! / 3,9 million

7. Rihanna | Good Girl Gone Bad / 3,7 millionGood Girl Gone Bad

8. Metallica | Death Magnetic / 3,6 million

9. Madonna | Hard Candy / 3,2 million

10. Lil Wayne | Tha Carter III / 3,2 million          

 

Pasear por sus calles es lo más parecido a hacerlo por un decorado, donde todo parece dispuesto expresamente como parte del atrezzo de una ciudad que derrocha encanto por los cuatro costados. Bruges -o Brujas- es simplemente preciosa. Sólo unas horas bastan para disfrutar de sus adoquinadas calles, recorrer sus amplias plazas y disfrutar de sus numerosos canales. En otras palabras, para enamorarse de ella. Desde Markt y su Torre Beffroi como centro neurálgico, Bruges exhibe sus innumerables Iglesias y Catedrales formando su característico skyline, en el que destacan, aparte de la propia Beffroi, la Catedral de Saint-Sauveur, La Iglesia de Notre-Dame, el Ayuntamiento en la bonita Plaza de Burg o el no menos famoso Rozenhoed. 

Bruges

Vista del Canal Rozenhoed

La llegada a la capital de la región belga de Flandes Occidental fué la más improvisada de todas. Sin alojamiento ni comida y ya entrada la noche llegamos a la Estación de tren de Brujas procendentes de Antwerp -Amberes- y dispuestos a la aventura. El espíritu backpacker empezaba a dar sus frutos. Y de que manera. Siguiendo varias recomendaciones e indagando en la información -poca y de fiabilidad limitada- que nos aportaban las guías, nos dirigimos a varias direcciones mapa en mano. El primer intento fué fallido. El sitio en cuestión ya no existía. El segundo intento, también. Ni una sola cama libre. Con los primeros síntomas de frustración/desesperación opte por la actitud turística por excelencia: preguntar. Y dió resultado. Tras recorrer la larguísima Langestraat y con las primeras señales de hostilidad por parte de uno de los miembros, finalmente llegamos al mejor alojamiento relación calidad-precio de todo el viaje. €15/noche en habitación compartida en el Bauhaus International Youth Hostel de Brujas. El sueño de todo backpacker. Y la experiencia fué inmejorable. Habitación de ocho compuesta por dos alemanes, dos chicas estadounidenses, dos catalanes y nosotros tres. Plantel digno de un chiste. Entablamos una magnifica relación con uno de los alemanes y, especialmente con una de las chicas norteamericanas. Gente estupenda.

Bruges

Walplein, en el centro histórico

Por cierto, rebobinemos. Probablemente habéis notado que algo no cuadra. Tranquilos, lo sé. Los componentes de la habitación suman nueve inquilinos. Efectivamente habían cometido un error. De esta manera, y tras pasar gran parte de la noche con los que se supone eran nuestros compañeros ingiriendo unas Jupiler -la cerveza por excelencia en Bélgica- nos cambiaron a la habitación de al lado, regentada por una pareja de canadienses que probablemente aún recuerden el maravilloso sonido que producen las clásicas bolsas de plástico en el sepulcral silencio de la noche. De igual manera tampoco nosotros olvidaremos el hecho de ir a recoger las cosas a la primera habitación para efectuar el traslado a nuestras nuevas dependencias y encontrarnos a la pareja española en actitud, digamos, íntima. Tierra trágame.

El resto de la estancia en Brujas se resume en calles, canales, plazas, torres, iglesias, catedrales, gente, más calles, más plazas, más torres, más iglesias, más catedrales y más gente para, finalmente, terminar tomándonos unas clásicas patatuelas con salsa -alimento oficial del viaje- y una Coca-Cola del mítico Quick en plena Plaza de Markt. Amén.

 Y por fin Amsterdam. Esta ciudad siempre me atrajo con enorme fuerza. Tiene encanto, tiene magia. Tiene un algo difícil de explicar que va mucho mas allá de sus canales y bicicletas. Situada a orillas del río Amstel y de la Bahía IJ, Amsterdam extiende sus innumerables canales de forma concéntrica para formar uno de los conjuntos históricos y arquitectónicos más hermosos de Europa. Desde la Centraal Station hasta Rembrandtpark, cada rincón de cada calle es una mezcla de pequeño pueblo y gran ciudad, de antigüedad y modernidad, como una obra de arte que mezclase múltiples estilos.

I amsterdam

I amsterdam y el Rijksmuseum, en Muntplein

Los contrastes en ella son más que evidentes. Tarea obligada e inevitable es recorrer Damrak hasta Damplatz y Rokin hasta Muntplein, sus arterias principales. Disfrutar de un paseo por Vondelpark y el Museumplein, en una de las zonas más maravillosas de la ciudad, te hace ver porque Amsterdam engancha, porque sus calles enamoran y fascinan a partes iguales. Navegar por sus canales y recorrer su archifamoso Barrio Rojo se antoja imprescindible para saborear tanto los matices dulces como los más salados de esta capital Europea que no deja indiferente a nadie. Y es que Amsterdam tiene algo.

Abril de 2008, finalmente, nos dió la oportunidad de descubrirlo. Nos embarcamos en nuestro pequeño tour por tierras holandesas y belgas con la ciudad de los tulipanes como principal reclamo. Y lo fué. Con permiso de Brugge, Amsterdam marcó el ritmo de un viaje inolvidable, probablemente irrepetible, difícilmente igualable. En él nacieron expresiones que todavía hoy están a la orden del día. En él aprendimos lo que es hacer el ridículo, lo peligrosas que pueden llegar a ser las sustancias alucinógenas o lo limpia que puede llegar a estar una superficie de cristal. En él conocimos la supervivencia a base de patatas con salsa, observamos perplejos como una persona puede llegar a dejarse una cantidad ingente de dinero al día únicamente en mear y nos hicimos una foto con el cartel de un niño nigger extremadamente feliz para, a posteriori, ser plagiados.

I love Amsterdam

I love Amsterdan, tienda en el corazón del Barrio Rojo

Pero no quedo ahí la cosa, créanme. En él experimentamos el sentimiento de ‘tener los dedos fríos cual termitas’, para seguidamente manipular la expresión hasta acabar pronunciando una cantidad respetable de veces la palabra polilla. En él llegamos a caminar bajo la lluvia como nunca antes, presenciamos mil y una maneras de dormir en un tren a los 10 segundos de partir de la estación e incluso fundamos el sentimiento backpacker. En él recorrimos ciudades hasta altas horas de la madrugada consiguiendo, de esta manera, ’no tener nada que hacer el día siguiente’. 

La mayoría de vosotros no habrá entendido nada de todo esto. Lo sé. Y lo siento. Pero todo esto es en realidad Amsterdam para mi. Todo esto es lo que recordaré con el paso del tiempo, cuando los años borren los canales y las bicicletas, cuando ya no recuerde con claridad esas calles y plazas de las que antes hablaba, cuando todo se difumine hasta convertirse en un vago recuerdo. Cuando eso ocurra, todos y cada uno de esos instantes serán Amsterdam.

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