Pasear por sus calles es lo más parecido a hacerlo por un decorado, donde todo parece dispuesto expresamente como parte del atrezzo de una ciudad que derrocha encanto por los cuatro costados. Bruges -o Brujas- es simplemente preciosa. Sólo unas horas bastan para disfrutar de sus adoquinadas calles, recorrer sus amplias plazas y disfrutar de sus numerosos canales. En otras palabras, para enamorarse de ella. Desde Markt y su Torre Beffroi como centro neurálgico, Bruges exhibe sus innumerables Iglesias y Catedrales formando su característico skyline, en el que destacan, aparte de la propia Beffroi, la Catedral de Saint-Sauveur, La Iglesia de Notre-Dame, el Ayuntamiento en la bonita Plaza de Burg o el no menos famoso Rozenhoed.

Bruges

Vista del Canal Rozenhoed

La llegada a la capital de la región belga de Flandes Occidental fué la más improvisada de todas. Sin alojamiento ni comida y ya entrada la noche llegamos a la Estación de tren de Brujas procendentes de Antwerp -Amberes- y dispuestos a la aventura. El espíritu backpacker empezaba a dar sus frutos. Y de que manera. Siguiendo varias recomendaciones e indagando en la información -poca y de fiabilidad limitada- que nos aportaban las guías, nos dirigimos a varias direcciones mapa en mano. El primer intento fué fallido. El sitio en cuestión ya no existía. El segundo intento, también. Ni una sola cama libre. Con los primeros síntomas de frustración/desesperación opte por la actitud turística por excelencia: preguntar. Y dió resultado. Tras recorrer la larguísima Langestraat y con las primeras señales de hostilidad por parte de uno de los miembros, finalmente llegamos al mejor alojamiento relación calidad-precio de todo el viaje. €15/noche en habitación compartida en el Bauhaus International Youth Hostel de Brujas. El sueño de todo backpacker. Y la experiencia fué inmejorable. Habitación de ocho compuesta por dos alemanes, dos chicas estadounidenses, dos catalanes y nosotros tres. Plantel digno de un chiste. Entablamos una magnifica relación con uno de los alemanes y, especialmente con una de las chicas norteamericanas. Gente estupenda.

Bruges

Walplein, en el centro histórico

Por cierto, rebobinemos. Probablemente habéis notado que algo no cuadra. Tranquilos, lo sé. Los componentes de la habitación suman nueve inquilinos. Efectivamente habían cometido un error. De esta manera, y tras pasar gran parte de la noche con los que se supone eran nuestros compañeros ingiriendo unas Jupiler -la cerveza por excelencia en Bélgica- nos cambiaron a la habitación de al lado, regentada por una pareja de canadienses que probablemente aún recuerden el maravilloso sonido que producen las clásicas bolsas de plástico en el sepulcral silencio de la noche. De igual manera tampoco nosotros olvidaremos el hecho de ir a recoger las cosas a la primera habitación para efectuar el traslado a nuestras nuevas dependencias y encontrarnos a la pareja española en actitud, digamos, íntima. Tierra trágame.

El resto de la estancia en Brujas se resume en calles, canales, plazas, torres, iglesias, catedrales, gente, más calles, más plazas, más torres, más iglesias, más catedrales y más gente para, finalmente, terminar tomándonos unas clásicas patatuelas con salsa -alimento oficial del viaje- y una Coca-Cola del mítico Quick en plena Plaza de Markt. Amén.