Hace mucho que debí escribir esta entrada. Casi dos años, para ser exacto. Pero sea como fuere hoy me siento frente al teclado para compartir con vosotros una de las experiencias más inolvidables de mi vida, la segunda parte de mi viaje a USA: New York.

Skyline de Manhattan desde Ellis Island

Sé que suena muy típico, pero pisar la Gran Manzana era el sueño de mi vida. Desde niño imaginaba visitar esta ciudad y, quizá algún día, vivir en ella. He aquí el relato de lo primero. Lo segundo, por el momento, tendrá que esperar.

Esta historia, quién me lo iba decir, empieza ya en suelo americano, en la ciudad de Auburn, Alabama, dónde pasé un tiempo indescriptible, inmejorable, irrepetible  y muchos otros adjetivos comenzados en i. Pero esa experiencia da para otra entrada, lo prometo. Como decía, la mañana de mi viaje a Manhattan comenzó en el Cambridge Student Housing, nuestra residencia de estudiantes situada frente al Samford Hall, edificio principal de la Auburn University. Lo cierto es que nunca pensé que el día en el que iba a ver visto cumplido uno de mis mayores sueños me iba a sentir, curiosamente, triste. Abandonaba Alabama con un sabor agridulce, con la sensación de que todo había pasado volando, de no saber si algún día volvería a ver a muchas de las personas a las que allí había conocido y con las que tanto había congeniado. Me levanté temprano, puesto que había contratado un servicio de taxi hasta Atlanta junto a tres compañeros del Mises University. El viaje, de unas 100 millas (160 km aprox.), se me pasó volando, víctima de la tristeza y el sueño. Ya en el inmenso Hartsfield-Jackson de Atlanta compré los últimos souvenirs en la tienda oficial de Coca-Cola, todo un símbolo de la ciudad, y puse rumbo al Aeropuerto de Newark, en New Jersey, donde llegué tras apenas 2 horas y 30 minutos. Una vez allí no me resultó difícil conseguir una lanzadera hasta el corazón de Manhattan, negocio bastante obvio y sobradamente explotado por  cualquiera que posea una Van (clásicas furgonetas americanas) y algo de tiempo libre. Por unos 20$ (unos 15€ al cambio) el tipo te lleva desde el Aeropuerto en cuestión hasta la puerta de tu Hotel. En ese trayecto disfruté de uno de los momentos más esperados: ver el skyline de Nueva York dibujarse ante mi, poco a poco, como las porterías en Oliver y Benji. Y os lo aseguro, impresiona.

Brooklyn Bridge

Posteriormente, tras un recorrido por la Isla cortesía del simpático conductor de origen argentino, llegué a mi Hotel, el Quality de Times Square, a apenas 20 metros de la famosa encrucijada de la 7ª Avenida con Broadway. Dejé mis cosas y, aún sin asumir que por fin estaba allí, me dispuse cámara en mano a pasear por Central Park hasta la llegada de mi hermana. Ella volaba al JFK procedente de Londres esa misma noche. Resumiré el resto del día en que, aunque más tarde de lo previsto, pudo llegar al Hotel sana y salva y en limusina. Ahí queda eso.

Nueva York tiene tanto que ofrecer que sería imposible expresarlo todo aquí. Nuestros días transcurrieron, principalmente y como es lógico, en Manhattan, uno de los 5 boroughs que forman la ciudad y el más importante turísticamente hablando. Los otros cuatro son Brooklyn, Queens, Staten Island y el Bronx, de los cuales visitamos todos menos Queens, barrio eminentemente residencial y sin ningún atractivo en particular.

Nuestro alojamiento, situado en pleno Theater District, corazón de Midtown Manhattan, ponía cada mañana ante nosotros toda la actividad de Times Square y el encanto de Broadway. Situados entre la Avenue of the Americas y Fashion Avenue, con Central Park y la Quinta Avenida a apenas 10 min a pie, nuestra situación era difícilmente mejorable. Así dedicamos la mitad del viaje a disfrutar de todos los encantos del Midtown, desde la 1ª Avenida hasta la 12ª y desde la calle 34 hasta Central Park: las Naciones Unidas, la Grand Central Terminal, el Chrysler Building, el MoMA, la Quinta, Sexta y Séptima Avenida, el Metropolitan, el Rockefeller Center y, como no, el Empire State Building, entre muchas otras cosas. El resto de la estancia transcurrió entre la tranquilidad de Greenwich Village, el mestizaje de barrios como Little Italy o Chinatown o la actividad del Distrito Financiero y South Street Seaport.

Flatiron Building

Fuera de la isla fueron obligadas las visitas a Liberty y Ellis Island, con la Estatua de la Libertad como mayor atractivo, el ferry a Staten Island, con vistas espectaculares de Manhattan, el Bronx y su Teatro Apollo y, como no, Brooklyn, desde donde se puede contemplar la postal más característica de la ciudad y una de las más famosas del mundo. Pero si algo hace inolvidables todos estos lugares es la manera en que los vives, las cosas que te pasan y que quedan grabadas a fuego en tu memoria. Así, a cada uno de estos sitios le corresponden multitud de anécdotas que les dan vida, que les regalan un lugar en el recuerdo. Desde los abominables Pretzels hasta los indescriptibles helados de Times Square pasando por los Hot Dogs que no quitan el hambre, los odiosos pizzoletos de Washington Square, el Friday’s de la Quinta Avenida, las cajas con pisadas del Joe’s Pizza, la bolsa de M&M’s, el desayuno en Bryant Park, el edificio de Chandler, las interminables visitas al Apple Store de la 5ª, las compras nocturnas, las caminatas desde Brooklyn hasta la calle 47th o las inolvidables vistas desde la terraza del Metropolitan Museum of New York.

Todo forma ya parte de un imborrable recuerdo y, sólo por eso, merecía estar aquí plasmado.