Pues si. Nuevamente Londres. Tuve la suerte de visitar esta ciudad en 2006 y la verdad, fué una experiencia increíble. Cuatro años y medio después y algo de mundo entre medias me encuentro, de nuevo, recién llegado de ella. Esta vez cambiando Paddington Station por Russell Square y el Dolphin Hotel en Norfolk Sq. por el Royal National en Bedford Way.

Houses of Parliament

Después de cruzar el Atlántico para pasar una semana inolvidable en las costas caribeñas de México y de visitar el norte de Italia en el mes de Julio -ambas entradas aún por escribir-, tocaba repetir destino, y qué mejor lugar para hacerlo que la capital británica. Londres significó el comienzo de muchas cosas, entre ellas mi tradición sobre conocer las ciudades a base de recorrerlas a pie. Y vaya si lo hicimos. Salvo el crucero que tomamos por el Támesis para llegar a Greenwich, ni rastro del famoso Tube o de autobuses turísticos tipo Sightseeing. Nada. No recuerdo mayor dolor de piernas del que sufrí tras el primer día de la citada tradición. Nadie dijo que fuese fácil, supongo. Ir desde Lancaster Gate hasta el Tower Bridge por una orilla y volver por la otra, en un solo día, no tiene precio creedme, pero si vuestras piernas os lo permiten es más que recomendable. Y es que, desde mi punto de vista, las ciudades no residen en sus museos o en sus palacios, por importantes que éstos sean. Residen en sus calles, en sus gentes, en sus tradiciones. Y no hay mejor manera de familiarizarse con estas que acariciarlas con la mano desnuda. Esto no significa, por supuesto, que vivir lo meramente turístico sea una pérdida de tiempo. Todo lo contrario. Pero desde luego no es lo que hace inolvidable a un viaje, si no más bien un complemento. Necesario, si, pero un complemento al fin y al cabo.

Ni que decir que todo esto se aplica a Londres, ciudad multicultural donde las haya. Desde el mestizaje de Covent Garden o el Camden Market hasta su famosa City, centro financiero de nivel mundial, Londres ofrece casi de todo. Las orillas del Thames bañan una ciudad que rebosa vida. El Parlamento y su famoso Big Ben, la Abadía de Westminster, el Tower Bridge, el London Eye, Trafalgar Square, Buckingham Palace, Piccadilly Circus o el Tower of London son sólo algunos de los sitios más representativos que la ciudad te ofrece, pero no son los únicos. Sus grandes parques -Hyde Park y Regent’s Park- junto a Green Park y St James Park conforman el majestuoso pulmón de la capital británica.

Tower Bridge

Esta vez, a lo ya mencionado se ha unido una escapada a las afueras para conocer las localidades de Canterbury y Dover, tan recomendable la primera como insípida la segunda. Dover ofrece, principalmente, sus famosos White Cliffs o Acantilados Blancos a parte de su castillo (a £13.90  la entrada) y su importante puerto comercial, antaño exponente del transporte marítimo por su cercanía a la costa francesa y hoy día mucho más mermado, sobretodo a raíz de la aparición en escena del Eurotunel. En cuanto a los acantilados, sin dejar de lado sus encantos que los tiene, simplemente no justifican alejarse dos horas de Londres para, además, necesitar un taxi, dado que están a las afueras. Canterbury, sin embargo, es más de lo que parece. Obviando su majestuosa Catedral del siglo XII -mencionada en Los Pilares de la Tierra del señor Follet con razón- esta villa es una especie de Brujas moderna, salvando las diferencias con la maravillosa ciudad belga. Completamente amurallada, Canterbury combina una arquitectura medieval con la modernidad y lujo de sus galerías comerciales. Realmente bonita.

Pero querría terminar esta entrada volviendo a Londres. Muchas diferencias ha habido entre el primer Londres y éste otro. Muchas, creedme. Pero tanto la ciudad que conocí hace casi un lustro como la que acabo de volver a disfrutar me han dejado el mismo sabor de boca, que no es otro que el de que Londres es una ciudad que te atrae, que te pide a gritos que vuelvas a ella. A los que ya habéis ido no tengo que explicaros por qué. En cuanto a los que aún no lo habéis hecho os daré un sencillo consejo: hacedlo. No os arrepentiréis.