Hace algo más de un año cerré el post referente a mis primeros 10K fijándome como objetivo completar una media maratón. Pues bien, el pasado 1 de Abril cumplí mi segundo gran reto como runner, el Medio Maratón Asics Villa de Madrid. El escenario no cambiaba respecto a mi estreno, las despejadas y soleadas calles de Madrid, si bien obviamente el trazado era más exigente.

Medalla entregada a los participantes

Pero rebobinemos unos meses. Compré el dorsal allá por Diciembre, poco después de hacerme con el de la San Silvestre Vallecana, por lo que me comí las 6 primeras uvas con las piernas cargadas tras los discretos 48’48” de la gran clásica madrileña y las 6 segundas ya con la mente puesta en hacer una buena media, en romper la barrera de las 2 horas.

Tras la clásica primera semana del año, que se pierde entre roscones y regalos, comencé un plan de entrenamiento no excesivamente duro pero que requería de una de las cosas más difíciles de lograr: constancia. Y he de decir que me costó pero que, con excepciones, lo cumplí con bastante dignidad. Aumenté kilometrajes progresivamente empezando el primer mes y medio con 40 km semanales y acabando la segunda y tercera semana de Marzo con unos 60 aproximadamente. En total unos 350 km en algo más de 2 meses y medio, alternando rodajes cortos -10K- con tiradas más largas -18K-. La última semana, para conservar las tradiciones, dudas y molestias de última hora que hicieron obligado el por otra parte necesario descanso.

Y llegó el día de la carrera. Dorsal 9799. En cuestión de un año había pasado de sufrir para completar un 10K a encontrarme ante el reto de una media maratón. Había entrenado duro y tenía ganas de correr, de encontrar mis límites y tratar de superarlos. Estaba motivado y con el objetivo de pulverizar esas 2 horas, esos 120 largos minutos, entre ceja y ceja.

Con mi tío minutos antes del pistoletazo de salida

Tanto el arco de Salida como el de Meta, como en la mayoría de carreras populares de Madrid, estaban situados en el Parque del Retiro cuya recta final, de unos 700 metros, se hace interminable cuando llevas 20km en las piernas. Pero vayamos por partes. El trazado tenía dos tramos particularmente duros. El primero de ellos podríamos delimitarlo entre el comienzo de la calle Santa Engracia y Mateo Inurria, aunque por estar aún dentro del primer 10K lo solventas con relativa frescura. De hecho pasé por el arco de los 10 en poco más de 50′, un muy buen tiempo teniendo en cuenta que mi mejor marca en 10K son 47’30” y que en este otro caso aún tienes más de la mitad de la carrera por delante. El tramo Ppe de Vergara-Serrano-Diego de León-Ppe de Vergara hasta el inicio de Menéndez Pelayo se hizo muy llevadero, bien porque en su mayoría picaba hacia abajo, bien porque el público empezaba a hacerse notar. Llegué al km 16 con mucha solvencia y sintiéndome cómodo pero a lo largo del 17 y en especial pasado el 18 apareció el famoso “tío del mazo” que diría el gran Perico Delgado conviertiendo en un infierno los ya de por sí duros últimos 3km de carrera, el segundo de los tramos, compuesto por Alfonso XII-O’Donell más los 700 metros finales que iniciaban este párrafo. Esos 3000m -terreno desconocido para mi puesto que nunca había rodado distancias superiores a 18km- me impidieron probablemente haber firmado una marca de escándalo para ser mi estreno en la distancia. No obstante crucé la Meta en 1h 44′ 53”, cumpliendo con creces el objetivo de las 2 horas.

Esos últimos kilómetros me hicieron ver que en el running como en la vida, hasta el rabo todo es toro, por lo que hay que gestionar muy bien los esfuerzos, más si cabe en carreras de esta magnitud. Pero por encima de todo los últimos minutos de carrera, especialmente cargados de sufrimiento, pusieron ante mi la grandeza que debe sentirse al acabar un Maratón. Esa grandeza, intuyo, no cabría en un post.