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Desde ayer Drew Brees es el jugador mejor pagado de la NFL. El quarterback de los New Orleans Saints rubricó hace unas horas el nuevo contrato que le vincula a la franquicia de Louisiana por 5 temporadas más a razón de 100 millones de dólares -20 por cada una de ellas- de los cuales 60 están garantizados. Brees se sitúa de este modo en el primer lugar de un ranking que hasta ahora encabezaba Peyton Manning y sus 96 millones por 5 temporadas con los Broncos.

Drew Brees

El de Austin firma así el contrato de su vida tras una temporada en la que ha roto un record que llevaba 27 años en poder de Dan Marino, el de mayor número de yardas de pase en una sóla temporada, 5.084, cifra que logró en el décimoquinto partido de la temporada contra los Atlanta Falcons en el Mercedes-Benz Superdome de New Orleans. Brees, que logró alzarse con el Vince Lombardi en la Super Bowl de 2010 y que hace sólo 6 años sufría una importante operación en su hombro, ha declarado a sus 33 años sentirse de nuevo “como un niño”, afirmando que podría seguir haciendo esto (jugar al football) durante “20 años más”.

Yo personalmente siento debilidad por este jugador. Con la incógnita del estado de salud de Peyton considero que es junto con Brady el mejor pasador de la liga y sin dudar le incluiría entre los mejores de la historia, a la altura de Marino, Montana o Favre entre otros (insisto, como pasador). Dicho lo cual se me antoja difícil, aunque desde luego no imposible, que estos Saints perdidos en problemas internos y tras el reciente escándalo de las primas y la sanción a Sean Payton y Joe Vitt puedan siquiera alcanzar la final de Conferencia. Para ello necesitarán la mejor versión de un ultramotivado Brees y una buena dosis de suerte.

Brees nació en Austin, Texas. Jugó para la Universidad de Purdue y fué seleccionado en el Draft de 2001 por los San Diego Chargers, en los que militó hasta la temporada 2005. En 2006 fué traspasado a los Saints. Ha sido 6 veces Pro-Bowl y campeón y MVP de la Super Bowl XLIV en el Sun Life Stadium de Miami, Florida.

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Se acabó la espera. Apenas dos semanas después de poner punto y final a 14 años como QB de los Colts, Peyton Manning se convirtió ayer en nuevo jugador de los Denver Broncos. Durante 13 largos días al mayor de los Manning le han salido innumerables novias y los rumores le han situado en los Dolphins, los Jets, los Cardinals, los Titans e incluso los 49ers para finalmente acabar en la franquicia de Colorado. Los esfuerzos de John Elway han dado sus frutos, aunque su apuesta por Manning no carece de riesgo. El verdadero estado de forma de Peyton sigue siendo una incógnita y un contrato de 5 años a razón de $96 millones no es precisamente moco de pavo, si bien los Broncos se han cubierto las espaldas. Como informa Mariano Tovar en su blog Zona Roja, el jugador pasará cada año una revisión médica previa a la entrega de una nueva cantidad garantizada, recibiendo 18, 20, 20, 19 y 19 millones de dólares en cada una de las 5 temporadas que abarca el contrato.

Manning posando con su nueva camiseta

Lo que no deja lugar a la duda es que su llegada a Denver abre un debate que desatará ríos de tinta de aquí al incio de la temporada regular: ¿pasan los Broncos automáticamente a ser candidatos a levantar el Vince Lombardi? Desde luego parece indiscutible que si el de New Orleans está sano su repercusión será inmediata. La cuestión es más si esa repercusión les sitúa como claros aspirantes al anillo. En su primera rueda de prensa como Bronco, Manning dejó varias frases que ocuparán lugares de privilegio en la prensa deportiva de hoy. Confesó “sentirse entusiasmado” y ante la pregunta de si podría disputar un partido este mismo Domingo contestó “sí, podría”, aclarando además que no llega a Denver para “ser el coordinador ofensivo”.

No obstante podría pensarse que, si lo de Manning sale mal, Tebow sería un sustituto de ciertas garantías. Difícilmente. El fichaje del 18 deja a Timothy con pie y medio fuera de la franquicia de Pat Bowlen, lo que nos lleva al otro de los debates: ¿Y ahora qué pasa con Tebow? Jacksonville se presenta como la opción más creíble pero al ex-Gator tampoco le faltan pretendientas. Suena para los Jets e incluso para Patriots y Packers. Quién le iba a decir al pobre Tim que se iba a ver en esta situación después de lo de la pasada temporada, después del Tebowing a Pittsburgh en el OT del Divisional Round, depués de la Tebowmania. Todo lo anterior parecía garantizarle los mandos de Denver durante 2012, pero nada más lejos de la realidad. Dijo ayer Elway que el traspaso del todavía QB de los Broncos es “una posibilidad” y confesó que “lo más difícil de todo esto es Tim Tebow, por lo que pienso acerca de Tim Tebow”. Sea como fuere parece evidente que su futuro está lejos de Mile High. Hay un nuevo jinete en Colorado.

Cuatro años después de la memorable Super Bowl XLII, New York Giants y New England Patriots volvían a verse las caras, esta vez bajo el techo del Lucas Oil Stadium de Indianapolis, hogar de los Colts. Dos largas semanas de rumores y debates desde que los Giants tomaran Candlestick Park y los Patriots hicieran lo propio en el Gillette Stadium ante los Ravens en sendas finales de Conferencia. Gronkowski, Brady, Peyton e Eli Manning, cada uno por distintos motivos, hacían correr ríos de tinta antes de la cita de anoche. ¿Jugaría el TE de New England pese a su maltrecho tobillo? ¿Es Tom Brady el mejor QB de la historia? ¿Lo sería en caso de hacerse los Pats con el Vince Lombardi? ¿Son ciertos los rumores sobre una inminente retirada del mayor de los Manning? ¿Puede considerarse a Eli un QB de elite? Muchas preguntas y muy pocas respuestas.

Eli Manning alzando el Vince Lombardi Trophy

Pero nada de eso importó cuando el balón voló por los aires.  El primer cuarto dió muestras de que los Giants iban muy en serio. Manning sólido, consiguiendo primeros downs con relativa solvencia y Hakeem Nicks y Victor Cruz haciendo de las suyas. Un touchdown de este último dejaba el marcador en 9-0 después de que, minutos antes, Brady fuera placado en su propia endzone y posteriormente sancionado por intentional grounding en su primera intervención de la noche. Insistía el 12 de los Pats en Green-Ellis, pero la secundaria de los ‘Gigantes’ cerraba todos los avances del running back. Eran las capturas de Hernandez y sobretodo de Welker las que sumaban más yardas para New England. Un field goal al comienzo del segundo cuarto acortaba distancias para los de Boston que sin embargo seguían sufriendo en ataque gracias en gran medida al gran partido de Pierre-Paul. Jacobs y Bradshaw empezaban a cobrar más protagonismo en el juego de los neoyorkinos pero seguían siendo Nicks y sus capturas los protagonistas del ataque. Fué en ese momento cuando Brady, reivindicando su papel de estrella, conducía un magnífico drive de 96 yardas -el más largo en la historia de la Super Bowl- para poner el balón en las manos de Woodhead y llevar a su equipo al descanso uno arriba en el marcador. Los Pats habían vuelto.

Pero las malas noticias para los Giants no acababan ahí. New England disfrutaría de la primera posesión del tercer cuarto y no la desperdiciaría. Brady volvía de los vestuarios igual de enchufado que se fué y en poco más de 3 minutos servía a Aaron Hernandez su segundo pase de touchdown de la noche para poner el marcador 9-17. Ocho puntos de diferencia. Dos anotaciones. Un mundo en partidos de estas características. Lo que nadie sabía es que los Patriots no volverían a mover el marcador. Un buen retorno de Jerrel Jernigan daba el pistoletazo de salida a la escalada lenta pero precisa de los Giants. Los dos field goals de Lawrence Tynes antes del final del tercer cuarto invitaban a soñar. 15-17. Quince minutos por disputarse y todo por decidir.

Mario Manningham emulando a David Tyree

El último cuarto comienza con una estadística en pantalla: Eli Manning, 15 TD en el último cuarto en temporada regular le convierten en el mejor QB de la NFL en esta faceta. Los Giants se agarraban a este dato para ser optimistas. No necesitaban un milagro, ni mucho menos, y la cosa no empezaba mal. Blackburn interceptaba a Brady cuando aún no se había cumplido el primer minuto de juego y el balón volvía a las manos del 10 de los Giants antes de lo esperado. Victor Cruz seguía penetrando en la defensa contraria como un cuchillo en la mantequilla y comenzaba a aparecer un Mario Manningham que a la postre resultaría decisivo. No obstante los Patriots seguían enchufados y tendrían en su mano la victoria a 4 minutos para el final del partido. Brady deambulaba por la yarda 50 en 2nd&11 cuando se sacó de la chistera un espléndido pase de casi 30 yardas a Wes Welker, a quién incompresiblemente se le escapó el balón de las manos y con él gran parte de las posibilidades de New England.

Los Giants recuperaban así la posesión del balón con 3:46 por delante y la sombra de la Super Bowl XLII sobrevolando el Lucas Oil Stadium. Fué entonces cuando llegó la jugada del partido. Mario Manningham se disfrazó de David Tyree para capturar una nueva maravilla de 45 yardas salida del brazo de Eli Manning. Yarda 50. 3:38. La historia se estaba repitiendo. A partir de entonces el binomio Manning-Mannigham junto a un estelar Nicks fueron ganando yardas hasta dejar el touchdown de la victoria en manos de un Bradshaw que emuló a Plaxico Burress a falta de 57 segundos para el final del partido. Había vuelto a ocurrir. Los Patriots volvían a verse por debajo en el marcador sin apenas tiempo para reaccionar. Brady intentaría un último drive milagroso culminado con un ‘Hail Mary’ sobre la bocina que puso a medio mundo en pie, pero finalmente el balón no acabó en manos de nadie.

21-17. Los Giants, cuatro años después, habían vuelto a hacerlo. Definitivamente la historia se había repetido.

Hace aproximadamente un mes un amigo me comentó que había llegado a él un artículo que podría resultarme interesante. El texto en cuestión, cuyo autor es Juan Antonio Rivera, no era si no parte de su temario de Historia del Pensamiento Económico y fué publicado por el Diario El País (si si, El País) el jueves 6 de Febrero de 1997. Efectivamente el artículo no sólo me resultó interesante si no que automáticamente despertó mi interés por compartirlo con vosotros. Como no podía ser menos se trata de un texto marcadamente económico y, por supuesto, abierto a todo tipo de opiniones. Dada su extensión algunos fragmentos pueden resultar algo engorrosos, pero se trata en líneas generales de un texto de enorme calidad en casi todos los sentidos, en especial los cuatro últimos párrafos. ¡Os invito a disfrutarlo!

La izquierda y el mercado | Los liberales y la igualdad

Augusto Klappenbach hace en su artículo Las dos morales (El País, 14 de Enero de 1997) un resumen cuidadoso y nada “traidor” de la proposiciones que yo defendía en La izquierda y la escala (El País, 31 de Diciembre de 1996) y esto es lo primero que tengo que agradecerle. Mantengo, en efecto, que soluciones institucionales que resultan operativas en comunidades de pequeña dimensión (intercambio económico basado en la solidaridad, participación política directa, ect) pueden dejar de serlo cuando la escala social se amplía significativamente. Decía también que en el momento en que la gente que reflexiona desde la izquierda abandona las críticas al orden institucional existente y se anima a hacer propuestas alternativas concretas, estas propuestas acusan muy a menudo una tendencia a violar las constricciones de escala, es decir, sugieren cambios institucionales que presuponen inadvertidamente una muy improbable vuelta a la microcomunidad.

Un ejemplo de esta tendencia lo encontramos en la consabida crítica antiliberal al mercado competitivo, que Klappenbach hace suya con entusiasmo y elocuencia. Digamos para empezar que los efluvios de la moral cálida ancestral fundada en el altruismo se han conservado -dentro del marco de nuestras civilizaciones- en los círculos más estrechos de relaciones (familiares, amigos, etc) e incluso, pero ya con más dificultades, en estructuras intermediarias (asociaciones de vecinos, ateneos culturales, cofradías gastronómicas, etc). Pero si tomamos temperatura a nuestras disposiciones morales cuando nos movemos hacia esferas de relación más amplias, en el trato con desconocidos y con personas que ocupan efimeramente nuestro radio de atención, comprobaremos que esas disposiciones morales se enfrían inexorablemente. Hay un gradiente de altruismo según el cual nuestra inclinación a atender solidariamente las necesidades y deseos de nuestros semejantes decae sin remedio y sin parar a medida que dilatamos el círculo de nuestros contactos. Por la razón que sea no estamos hechos para el altruismo indiscriminado o insensible a la escala. Si fueramos de verdad altruistas indiscriminados, la extensión del tamaño de nuestras sociedades no alteraría las cosas sustancialmente y podríamos seguir confiando en la solidaridad y el altruismo como resortes que nos impulsaran a atender las necesidades y deseos de aquellos a quienes apenas conocemos.

Aceptando que nuestra condición moral no es tan magnífica, solo cabe esperar de la solidaridad una efectividad continuada en grupos humanos de reducido tamaño. En condiciones de civilización la solidaridad no basta (lo cual no es lo mismo que decir que esté de más); en este marco extenso, los deseos y apetencias de las personas son transimitidos a través del sistema de señales del mercado y se manifiestan en incrementos en la demanda de bienes y servicios concretos que, ceteris paribus, provocarán el aumento del precio de estos. Si este incremento persiste lo suficiente en el tiempo, actuará como incentivo que alentará a otros individuos a destinar los recursos que poseen a la producción de esos bienes y servicios que reclaman seres humanos desconocidos para ellos.

En los órdenes sociales extensos es la búsqueda de beneficios, y no la solidaridad, el principal acicate que nos mueves a atender impremeditadamente los gustos y carencias de los demás. El rechazo del mercado en una civilización extensa -obsesión favorita de los antiliberales- sólo parece que se pueda hacer en nombre de la añoranza por la vieja solidaridad tribal o bien para proponer que sea el Estado el organsimo de coordinación económica que sustituya al mercado. No sé, sinceramente, a cual de estas dos posturas se apunta Klappenbach. Si se trata de la primera, es completamente cierto que la solidaridad (privada y organizada no estatalmente) funciona mejor que el mercado en ciertos contextos muy específicos (la donación de sangre es uno de los mejores ejemplos), pero no tiene caso plantearla seriamente como solución general al problema de concertar la actividad económica en un orden extenso. Si en lo que piensa Klappenbach es en la superioridad del Estado como agencia de coordinación económica (cosa que sinceramente no le deseo que piense), habría que decir que los estridentes y reiterados fracasos del socialismo real han fundido en el más absoluto descrédito esa idea.

Afirmar todo esto es compatible, desde luego, con admitir que el mercado tiene fallos en su funcionamiento (monopolios, externalidades, etc). Los economistas nos han ilustrado convincentemente acerca de estos fallos, y no es mi propósito ignorar o amortigüar su importancia. Pero la equivocación que muchos cometen es adoptar, ante la evidencia de los fallos de mercado, una actitud que bautizaré como poperiana: si el mercado tiene fallos hay que abandonarlo de inmediato y sin evasivas como mecanismo de coordinación. Esta actitud, más que proclamada como tal, queda insistentemente sugerida en muchos casos. Un maximalismo así está fuera de lugar; más sensato parece en este punto un talante kuhniano (o mejor aún lakatosiano): el mercado tiene fallos, no cabe duda, pero habrá que seguir haciendo uso de él hasta tanto demos con un mecanismo alternativo que lo haga tan bien como el mercado allí donde el mercado lo hace bien y que, además, triunfe allí donde el mercado fracasa.

Con esto llegamos a otro punto sensible en la diatriba antimercado de Klappenbach. Tan seguro e inevitable como el movimiento de los astros es que en una disputa entre un antiliberal y un simpatizante del liberalismo el primero acabará poniendo sobre la mesa antes o después a los pobres del mundo, al tiempo que espeta al otro una mirada reprobadora cuyo contenido aproximado es este: “¿Ves? A esto es a lo que conduce la tan cacareada competencia. Vuestra es la responsabilidad por la polarización creciente del mundo en pobres y ricos”. Klappenbach no se priva de esto en su artículo, pero afortunadamente sus buenos modales le apartan de la antipática perentoriedad con que, además, muchos antiliberales reclaman credenciales de decencia moral a los partidarios del mercado, asumiendo de paso, y sin titubeos, el monopolio de esa decencia moral. Forma ya parte, por desgracia, del imaginario colectivo la figura turbia del liberal refocilándose innoblemente ante el espectáculo abrumador de la desigualdad entre los seres humanos, o convertido en vocero inconfesable de los intereses de los privilegiados.

Bien sabe uno que cualquier cosa que diga no podrá nunca competir con el poder de estas imágenes hincadas en el inconsciente colectivo, pero aun a trueque de este desaliento anticipado me gustaría dejar claro de una vez por todas que los liberales y aquellos que simpatizamos con el liberalismo estamos tan a favor de la promoción de una mayor igualdad económica y, sobretodo, de la redención de la pobreza de buena parte de la humanidad como pueda estarlo el más intransigente devoto del socialismo. Lo que sucede es que desde el liberalismo y sus aledaños se contempla la igualdad de un modo que no coincide con el habitual entre la izquierda. En un orden social extenso (y subrayo esto) una mayor igualdad económica no es para un liberal un objetivo que se pueda alcanzar directamente mediante el diseño de instituciones para este propósito (como un Estado fuertemente redistribuidor). Esta es la forma en que socialistas y comunistas nos han acostumbrado a contemplar la igualdad y nos puede haber llegado a parecer que es la única. Pero para un liberal el valor de la igualdad -al que él también se adscribe- se comporta más bien como un subproducto, es decir, como un estado de cosas que se alcanza mejor cuando no nos proponemos obtenerlo directamente, sino en realidad como resultado colateral de la consecución de otros valores.

Los regímenes políticos que han tratado de lograr la igualdad económica por derecho y a las bravas no sólo han fracasado sino que han sacrificado en el camino las libertades individuales y otros valores civilizatorios indeclinables. Se hace regularmente más por la causa de la igualdad fomentando la competencia, la libertad de iniciativa económica y la ejecución limpia de los contratos que a través de políticas directamente redistributivas que acaso no consigan otra cosa que espolear inadvertidamente lo clientelismos y la corrupción. Mis simpatías por el liberalismo no me impiden ver, sin embargo, la pertinencia moral de algunas de esas políticas redistributivas en punto a corregir desigualdades arbitrarias en el reparto inicial de oportunidades y recursos (talentos naturales y privilegios de cuna ante todo) entre los miembros de una misma sociedad; pero en cualquier caso estas medidas rectificadoras de la distribución de mercado no deberían nunca robar a éste su protagonismo si se desea que la sociedad siga siendo libre y próspera.

Ya está aquí. En sólo unas horas dará comienzo una nueva edición de la Super Bowl, el evento deportivo con más repercusión a nivel mundial, el espectáculo más visto, la noche más larga. Y es que hablar de Super Bowl es hacerlo de un baile de cifras mareantes. Desde los millones de espectadores que siguen la retransmisión en directo hasta los miles de millones de dólares en publicidad directamente ligados a ese hecho. Pero más allá de todo eso la Super Bowl es sinónimo de espectáculo. Ese espectáculo que cada Febrero nos arrebata algunas horas de sueño a quienes, en mayor o menor medida, amamos este deporte llamado fútbol americano. O, hablando con propiedad, simplemente football. Ese otro football tan desconocido en el viejo continente, pero con cada vez más adeptos, atraerá durante unas horas las miradas de medio mundo. El otro medio simplemente dormirá.

Super Bowl

Presentación de la edición XLIII de la Super Bowl

La cita será en el Raymond James Stadium de Tampa (Hillsborough, Florida) donde se verán las caras los Pittsburgh Steelers y la, sin duda, gran sorpresa del torneo, los Arizona Cardinals. Los ‘Acereros’ parten con un favoritismo ciertamente abrumador frente a unos Cardinals casi novatos y procedentes, además, de la con casi total seguridad conferencia más débil de las 8 que componen la NFL. Su más que discreto parcial de 9-7 en la regular season tampoco ayuda a pensar en que el milagro es posible. Pero lo es. Hagamos memoria. Bueno, no es necesario. Hace tan sólo 12 meses Eli Manning se convertía en el MVP de un partido que proclamó a los Giants de Nueva York campeones de una Super Bowl aparentemente perdida de antemano. Los Patriots que, de la mano de Brady,  llegaban a la Final haciendo historia (19-0) se dieron de bruces contra un último cuarto más histórico si cabe. Es la magia de decidir todo el campeonato a un partido: lo anterior carece de importancia. Y a eso se aferra Arizona. A eso y a su QB Kurt Warner, quién apoyándose en tres receivers de la calidad de Fitzgerald, Boldin y Breaston deberá inclinar la balanza hacia el oeste. Pittsburg, por su parte, intentará explotar su mayor valor: la probablemente mejor defensa de la liga. Eso, unido a Roethlisberger, al acierto de sus running backs Parker y Moore y a pesar del estado de forma de Hines Ward -más que discutible- debería ser suficiente para ver a los Steelers, sólo tres años después, alzar su sexto entorchado. La suerte está echada.

Habitualmente no me gusta escribir nada que no salga de mi ‘puño y letra’, de mi única, personal e ‘intransferible’ opinión. Pero toda regla tiene una excepción y hoy haré la mía. La ocasión lo merece. Y lo merece, entre otras cosas, porque es de periodismo económico de lo que hablamos. Curiosa mezcla de palabras, créanme. Se trata de un artículo publicado por el Diario ABC el pasado miércoles 29 de Octubre. Hasta ahí nada nuevo. La diferencia con el resto radica en que me gustó, en que consiguió hacerme sentir identificado, en que sacó de mi una sonrisa en lugar de una risa, en que transformó en compatible lo incompatible. Sí, parece utópico, pero lo hizo. Y lo hizo hasta el punto de renacer en mi la fé en la existencia del periodismo de calidad.

Fernando González Urbaneja

González Urbaneja, autor del artículo

Lo siento, ni siquiera estoy seguro de si ambas palabras pueden escribirse en una misma frase. La RAE no se pronuncia al respecto. Pero dado que generalizar es un arte peligroso del que, en este caso, saldrían beneficiados demasiados componentes de dicho gremio, al menos podríamos estar hablando de la existencia de un minoritario grupo de periodistas decentes. Es una manera de decirlo. Concedámosle al asunto, como poco, el beneficio de la duda.

Sea como fuere aquí les plasmo el citado artículo, cuyo autor es Fernando González Urbaneja, y que arroja algo de luz sobre las múltiples y constantes falacias que los medios nos regalan día tras día. Disfrútenlo.

 El Capitalismo sobrevive y se va apañando

«Algunos apresurados quieren colocar la tapa de cierre al capitalismo y decretan su fin, consumido ¡por sus propias contradicciones, excesos e incapacidades! No es la primera vez que alguien propone esa conclusión, ni será la última. Pero no es probable que acierten. La actual crisis financiera es seria y severa, tal y como advierten a cada rato los dirigentes políticos del momento, dispuestos a refundar el dichoso capitalismo y encantados de disponer de un culpable de los males del presente.

Pero el capitalismo, con sus distintas variantes, no tiene alternativa. Quienes rechazan el modelo no esgrimen otro con resultados parecidos, más allá de ensoñaciones o promesas sin verificar. Y ahora, a pesar de que el sistema financiero que sustenta el capitalismo está en cuestión, traumatizado y en vilo, las economías capitalistas siguen proporcionando más que razonables resultados: el paro en los países de la OCDE se sitúa en torno al 7% y el empleo alcanza las cotas absolutas más altas de la historia; los precios al consumo no crecen más del 4% al año y el PIB crece menos que antes, pero más que la media anual de los dos siglos anteriores. Los flujos comerciales son elevados, los avances tecnológicos palpables y los índices de pobreza siguen a la baja, aunque sea a menor ritmo del deseable. Datos económicos fundamentales que no reflejan el fin de una era, más bien ajustes y rectificaciones.

A principios de los años 40, uno de los más lúcidos economistas del siglo pasado, Joseph A. Schumpeter, publicó Capitalismo, Socialismo y Democracia y en sus primeras páginas anotó: “¿Puede sobrevivir el capitalismo? No, no creo que pueda. Pero esta opinión mía, lo mismo que la de todo otro economista que se haya pronunciado sobre esta cuestión, carece por sí sola de todo interés… las relaciones presentes y futuras del sistema capitalista son de tal naturaleza que rechazan la idea de su derrumbamiento bajo el peso de la quiebra económica; aunque el mismo éxito del capitalismo mina las instituciones sociales que le protegen y crean inevitablemente las condiciones en las que no le será posible vivir y que señalan claramente al socialismo como su heredero legítimo… No obstante el orden capitalista puede recuperar la fuerza y estabilizarse a medida que transcurre el tiempo, por lo que es quimérico esperar su derrumbamiento”

La prognosis de Schumpeter parece titubeante, propia de quien aprecia variables imprevisibles, pero la historia ha acreditado la capacidad de adaptación y renovación de ese capitalismo que el economista austrícaco analizó en profundidad. Sobre el capitalismo han caídos estos días facturas que cortan la respiración, varias crisis con características reconocidas que nunca ocurrieron simultáneamente: crisis de liquidez, ruptura de los umbrales de riesgo, esa codicia desaforada que forma parte de la naturaleza humana, y amenaza de colapso sistémico del sistema de crédito y de pagos.

Para esos problemas hay experiencia y recetario conocidos y puestos a prueba en otras ocasiones. Se sabe lo que no se debe hacer y lo que ha funcionado, aunque asusta la velocidad y la intensidad del problema, la incertidumbre sobre su profundidad y la inseguridad acerca de la eficacia del tratamiento. Y además la ansiedad en los medios por contar lo que viene con el maltusianismo habitual en estos casos, y el pavor en los dirigentes políticos ante riesgos imprevistos, que les lleva a pintar el cuadro más dramático, para inmediatamente aparentar control.

El secretario del Tesoro, Hank Paulsen, luego desbordado por los acontecimientos, reclamó: “hay que hacer limpieza y hacerla rápido y a fondo”. Esa limpieza era tan urgente como imprescindible, a más retraso más coste, aplazarla conduce a acumular más basura y contagiar lo sano con lo prodrido. Los malos activos, los ‘tóxicos’, conforme a la nueva terminología, contaminan y devalúan todo lo demás. Para esa limpieza se han diseñado paquetes de rescate con dinero público y procedimientos diseñados por los gobiernos, con guión del experimentado primer ministro británico. Además de limpiar hay que estabilizar los mercados financieros, reconstruir la trama de confianza, para luego empezar el desescombre y la recuperación, con otro sistema de supervisión reforzado y con nuevos manuales de procedimientos y respeto al riesgo.

La apreciación emocional e intensa con la que los medios siguen la crisis coloca el foco de las noticias en las bolsas, en la peripecia de Wall Street y sus hemanos menores, en la evolución de los precios de las acciones. El escenario es correcto pero el foco de atención no tanto. Lo que se dirime ahora no es el precio de las acciones sino el funcionamiento de los mercados de crédito. El foco debe estar en los flujos crediticios, mucho más que en el precio de las acciones. Importan más las transacciones que los precios, el intercambio efectivo que el valor del mismo.

La fiebre se mide en los mercado de valores, en el derrumbe o sostenimiento de las acciones, pero la infección viene de los mercados de crédito y del desprecio al riesgo. El cierre de la financiación interbancaria, la desconfianza entre los intermediarios de crédito, constituyen el centro del problema, y transfieren a los agentes económicos señales decisivas sobre la gravedad y la magnitud de la crisis.

Si los mercados de crédito no funcionan, la inversión y el consumo se encogen y el conjunto de las economías se paraliza; las familias y las empresas no compran y se instalan en la desconfianza. Los planes de rescate mediante la compra de activos sin valor de mercado actual, los avales públicos, la compra de activos buenos poco líquidos, e incluso la recapitalización de las entidades financieras desde el Tesoro, tratan de estabilizar el sistema financiero y contener la pérdida de confianza.

El debate sobre el carácter público del rescate es diletante, ¿no salen los recursos públicos de impuestos sobre la actividad privada, de los beneficios de las empresas y las rentas de las personas? ¿No están interesados los Estados, que son los primeros acreedores y deudores, en la estabilidad de los mercados financieros, en el cumplimiento de los contratos y el buen funcionamiento del crédito? ¿De donde saldrán los impuestos sino de una economía eficaz?

Esta crisis financiera no es para perder el tiempo dirimiendo el futuro del capitalismo, es momento para parar y conducir la riada de desconfianzas, y para analizar causas y consecuencias para que cuando vuelva a ocurrir (que lo hará) el diagnóstico sea más certero y el tratamiento más rápido y eficaz.

El capitalismo no se acaba, no fracasa, sólo se transforma, se adapta, entre otras razones porque carece de alternativa que resista comparación. No es un sistema perfecto, incluso puede que sea perverso, pero comparado con las alternativas sale bien librado. Ahora toca limpiar a fondo, analizar las causas, pasar factura a quien corresponda y poner los medios para prevenir. No morirá el sistema capitalista, la convicción de que los precios y el mercado son señales e instrumentos eficaces para crear y distribuir la prosperidad. Ni se va a refundar, simplemente evolucionará como viene ocurriendo desde hace unos 250 años.

El profeta Nouriel Roubini, que defiende que el sistema camina a la debacle, que propone cerrar los mercados unos días para que descansen y se calmen, anuncia una recesión larga y profunda. Pudiera ocurrir, las previsiones de Malthus a principios del XIX tenían fundamento, pero no ocurrió, la destrucción creativa abrió ventanas donde se cerraban puertas. Seguramente ya estamos en recesión, no será la primera. De peores hemos salido, con el odiado capitalismo reformado y reforzado».

Hoy, nuevamente, he vuelto a caer en las redes de esta maravillosa película. No es la primera vez, y mucho me temo que no será la última. ¿Conoces a Joe Black? es una de esas pequeñas joyas del cine que, una vez te atrapan, estás perdido. Más si cabe en mi caso. Para mi es especial. Cada segundo de ella lo es. Cada recuerdo de ella lo es.

Brad Pitt encarna a Joe Black

Y es que uno, más que conociéndole, acaba cogiéndole cariño. He visto esta película una cantidad ingente de veces. Y mi hermana. Y mi madre. Y en especial, mi padre. Es, sin duda alguna, su película. Le identifica. Le fascina. No parpadea. Cada segundo le interesa, cada anécdota le divierte, cada interpretación le entusiasma, cada diálogo le emociona. Y a mi hermana. Y a mi madre. Y a mi. Disfrutamos de igual manera todas y cada una de las veces que tenemos ocasión de verla. Como si fuese la primera. Como si fuese la última.

Si quieres saber a que me refiero exactamente te invito a hacer lo siguiente: piensa en uno de esos momentos que consideras increíblemente especiales sin saber muy bien por qué. Pues bien, ahora multiplícalo por infinito, llévalo hasta la eternidad y aún así apenas tendrás un atisbo de lo que hablo.

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