Viajes


Ya son varios los meses que han pasado desde que volví de París, cinco para ser exactos, y no hay un sólo día durante estas 20 semanas en que no haya rememorado alguno de los momentos que allí pasé. Erasmus withdrawal lo llaman. La pasada en concreto fué especialmente crítica, de esas de ver fotos e incluso marcarte algún Skype más de la cuenta. Bendito Skype.

Lo cierto es que el Erasmus deja huella y como experiencia vital, desde luego, no tiene precio. Hoy leía en el blog de un amigo una lista de diferentes situaciones con las que todo aquel que esté o haya estado inmerso en una experiencia abroad se identificaría con casi total seguridad, del tipo volver de España con más comida que ropa, el ya citado uso del Skype o lo traumático de las despedidas en los aeropuertos, entre algún otro clásico. Yo desde luego me identifiqué con la mayoría. Con lo bueno y con lo malo, que también lo hay, vivir una experiencia de este estilo (llámese Erasmus, Munde o de cualquier otra manera) es poco menos que algo por lo que todo el mundo debería pasar. Y quien no lo ha hecho ha dejado de vivir algo único, eso es así.

Anyway, a las pocas semanas de llegar a París escribí una entrada sobre la dificultad de encontrar alojamiento. Me reafirmo, alquilar es desesperante y caro carísimo. No obstante recuerdo añadir a esa entrada la típica foto que descargas de google images de un ventanal con unas preciosas vistas a la Torre Eiffel y el siguiente pie de foto: “Estas son las vistas que no tendrás”. Pues bien, las tuve, y mejores. Y para muestra un botón. Ici c’est Paris.

kd

Imagen

Mis vistas desde la Avenue Duquesne

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Pues si. Nuevamente Londres. Tuve la suerte de visitar esta ciudad en 2006 y la verdad, fué una experiencia increíble. Cuatro años y medio después y algo de mundo entre medias me encuentro, de nuevo, recién llegado de ella. Esta vez cambiando Paddington Station por Russell Square y el Dolphin Hotel en Norfolk Sq. por el Royal National en Bedford Way.

Houses of Parliament

Después de cruzar el Atlántico para pasar una semana inolvidable en las costas caribeñas de México y de visitar el norte de Italia en el mes de Julio -ambas entradas aún por escribir-, tocaba repetir destino, y qué mejor lugar para hacerlo que la capital británica. Londres significó el comienzo de muchas cosas, entre ellas mi tradición sobre conocer las ciudades a base de recorrerlas a pie. Y vaya si lo hicimos. Salvo el crucero que tomamos por el Támesis para llegar a Greenwich, ni rastro del famoso Tube o de autobuses turísticos tipo Sightseeing. Nada. No recuerdo mayor dolor de piernas del que sufrí tras el primer día de la citada tradición. Nadie dijo que fuese fácil, supongo. Ir desde Lancaster Gate hasta el Tower Bridge por una orilla y volver por la otra, en un solo día, no tiene precio creedme, pero si vuestras piernas os lo permiten es más que recomendable. Y es que, desde mi punto de vista, las ciudades no residen en sus museos o en sus palacios, por importantes que éstos sean. Residen en sus calles, en sus gentes, en sus tradiciones. Y no hay mejor manera de familiarizarse con estas que acariciarlas con la mano desnuda. Esto no significa, por supuesto, que vivir lo meramente turístico sea una pérdida de tiempo. Todo lo contrario. Pero desde luego no es lo que hace inolvidable a un viaje, si no más bien un complemento. Necesario, si, pero un complemento al fin y al cabo.

Ni que decir que todo esto se aplica a Londres, ciudad multicultural donde las haya. Desde el mestizaje de Covent Garden o el Camden Market hasta su famosa City, centro financiero de nivel mundial, Londres ofrece casi de todo. Las orillas del Thames bañan una ciudad que rebosa vida. El Parlamento y su famoso Big Ben, la Abadía de Westminster, el Tower Bridge, el London Eye, Trafalgar Square, Buckingham Palace, Piccadilly Circus o el Tower of London son sólo algunos de los sitios más representativos que la ciudad te ofrece, pero no son los únicos. Sus grandes parques -Hyde Park y Regent’s Park- junto a Green Park y St James Park conforman el majestuoso pulmón de la capital británica.

Tower Bridge

Esta vez, a lo ya mencionado se ha unido una escapada a las afueras para conocer las localidades de Canterbury y Dover, tan recomendable la primera como insípida la segunda. Dover ofrece, principalmente, sus famosos White Cliffs o Acantilados Blancos a parte de su castillo (a £13.90  la entrada) y su importante puerto comercial, antaño exponente del transporte marítimo por su cercanía a la costa francesa y hoy día mucho más mermado, sobretodo a raíz de la aparición en escena del Eurotunel. En cuanto a los acantilados, sin dejar de lado sus encantos que los tiene, simplemente no justifican alejarse dos horas de Londres para, además, necesitar un taxi, dado que están a las afueras. Canterbury, sin embargo, es más de lo que parece. Obviando su majestuosa Catedral del siglo XII -mencionada en Los Pilares de la Tierra del señor Follet con razón- esta villa es una especie de Brujas moderna, salvando las diferencias con la maravillosa ciudad belga. Completamente amurallada, Canterbury combina una arquitectura medieval con la modernidad y lujo de sus galerías comerciales. Realmente bonita.

Pero querría terminar esta entrada volviendo a Londres. Muchas diferencias ha habido entre el primer Londres y éste otro. Muchas, creedme. Pero tanto la ciudad que conocí hace casi un lustro como la que acabo de volver a disfrutar me han dejado el mismo sabor de boca, que no es otro que el de que Londres es una ciudad que te atrae, que te pide a gritos que vuelvas a ella. A los que ya habéis ido no tengo que explicaros por qué. En cuanto a los que aún no lo habéis hecho os daré un sencillo consejo: hacedlo. No os arrepentiréis.

Hace mucho que debí escribir esta entrada. Casi dos años, para ser exacto. Pero sea como fuere hoy me siento frente al teclado para compartir con vosotros una de las experiencias más inolvidables de mi vida, la segunda parte de mi viaje a USA: New York.

Skyline de Manhattan desde Ellis Island

Sé que suena muy típico, pero pisar la Gran Manzana era el sueño de mi vida. Desde niño imaginaba visitar esta ciudad y, quizá algún día, vivir en ella. He aquí el relato de lo primero. Lo segundo, por el momento, tendrá que esperar.

Esta historia, quién me lo iba decir, empieza ya en suelo americano, en la ciudad de Auburn, Alabama, dónde pasé un tiempo indescriptible, inmejorable, irrepetible  y muchos otros adjetivos comenzados en i. Pero esa experiencia da para otra entrada, lo prometo. Como decía, la mañana de mi viaje a Manhattan comenzó en el Cambridge Student Housing, nuestra residencia de estudiantes situada frente al Samford Hall, edificio principal de la Auburn University. Lo cierto es que nunca pensé que el día en el que iba a ver visto cumplido uno de mis mayores sueños me iba a sentir, curiosamente, triste. Abandonaba Alabama con un sabor agridulce, con la sensación de que todo había pasado volando, de no saber si algún día volvería a ver a muchas de las personas a las que allí había conocido y con las que tanto había congeniado. Me levanté temprano, puesto que había contratado un servicio de taxi hasta Atlanta junto a tres compañeros del Mises University. El viaje, de unas 100 millas (160 km aprox.), se me pasó volando, víctima de la tristeza y el sueño. Ya en el inmenso Hartsfield-Jackson de Atlanta compré los últimos souvenirs en la tienda oficial de Coca-Cola, todo un símbolo de la ciudad, y puse rumbo al Aeropuerto de Newark, en New Jersey, donde llegué tras apenas 2 horas y 30 minutos. Una vez allí no me resultó difícil conseguir una lanzadera hasta el corazón de Manhattan, negocio bastante obvio y sobradamente explotado por  cualquiera que posea una Van (clásicas furgonetas americanas) y algo de tiempo libre. Por unos 20$ (unos 15€ al cambio) el tipo te lleva desde el Aeropuerto en cuestión hasta la puerta de tu Hotel. En ese trayecto disfruté de uno de los momentos más esperados: ver el skyline de Nueva York dibujarse ante mi, poco a poco, como las porterías en Oliver y Benji. Y os lo aseguro, impresiona.

Brooklyn Bridge

Posteriormente, tras un recorrido por la Isla cortesía del simpático conductor de origen argentino, llegué a mi Hotel, el Quality de Times Square, a apenas 20 metros de la famosa encrucijada de la 7ª Avenida con Broadway. Dejé mis cosas y, aún sin asumir que por fin estaba allí, me dispuse cámara en mano a pasear por Central Park hasta la llegada de mi hermana. Ella volaba al JFK procedente de Londres esa misma noche. Resumiré el resto del día en que, aunque más tarde de lo previsto, pudo llegar al Hotel sana y salva y en limusina. Ahí queda eso.

Nueva York tiene tanto que ofrecer que sería imposible expresarlo todo aquí. Nuestros días transcurrieron, principalmente y como es lógico, en Manhattan, uno de los 5 boroughs que forman la ciudad y el más importante turísticamente hablando. Los otros cuatro son Brooklyn, Queens, Staten Island y el Bronx, de los cuales visitamos todos menos Queens, barrio eminentemente residencial y sin ningún atractivo en particular.

Nuestro alojamiento, situado en pleno Theater District, corazón de Midtown Manhattan, ponía cada mañana ante nosotros toda la actividad de Times Square y el encanto de Broadway. Situados entre la Avenue of the Americas y Fashion Avenue, con Central Park y la Quinta Avenida a apenas 10 min a pie, nuestra situación era difícilmente mejorable. Así dedicamos la mitad del viaje a disfrutar de todos los encantos del Midtown, desde la 1ª Avenida hasta la 12ª y desde la calle 34 hasta Central Park: las Naciones Unidas, la Grand Central Terminal, el Chrysler Building, el MoMA, la Quinta, Sexta y Séptima Avenida, el Metropolitan, el Rockefeller Center y, como no, el Empire State Building, entre muchas otras cosas. El resto de la estancia transcurrió entre la tranquilidad de Greenwich Village, el mestizaje de barrios como Little Italy o Chinatown o la actividad del Distrito Financiero y South Street Seaport.

Flatiron Building

Fuera de la isla fueron obligadas las visitas a Liberty y Ellis Island, con la Estatua de la Libertad como mayor atractivo, el ferry a Staten Island, con vistas espectaculares de Manhattan, el Bronx y su Teatro Apollo y, como no, Brooklyn, desde donde se puede contemplar la postal más característica de la ciudad y una de las más famosas del mundo. Pero si algo hace inolvidables todos estos lugares es la manera en que los vives, las cosas que te pasan y que quedan grabadas a fuego en tu memoria. Así, a cada uno de estos sitios le corresponden multitud de anécdotas que les dan vida, que les regalan un lugar en el recuerdo. Desde los abominables Pretzels hasta los indescriptibles helados de Times Square pasando por los Hot Dogs que no quitan el hambre, los odiosos pizzoletos de Washington Square, el Friday’s de la Quinta Avenida, las cajas con pisadas del Joe’s Pizza, la bolsa de M&M’s, el desayuno en Bryant Park, el edificio de Chandler, las interminables visitas al Apple Store de la 5ª, las compras nocturnas, las caminatas desde Brooklyn hasta la calle 47th o las inolvidables vistas desde la terraza del Metropolitan Museum of New York.

Todo forma ya parte de un imborrable recuerdo y, sólo por eso, merecía estar aquí plasmado.

Nuevo viaje, nueva experiencia, nuevas anécdotas. Una vez más me encuentro aquí, frente al teclado, buscando las palabras idóneas que definan una nueva página de nuestra vida. Aunque más que de páginas debería hablar de capítulos, los que componen nuestras vivencias juntos alrededor del mundo.

Vienna

Rathauspark, Viena

En esta ocasión la aventura se desplazaba hacia al este, lo más al este que, al menos en mi caso, había estado hasta el momento. Alemania, República Checa, Austria y Hungría eran los destinos de un viaje realmente inolvidable. Desafortunadamente no éramos todos los que somos, reto que aún sigue pendiente, pero poco más se podía pedir. Cambiaron los compañeros de ruta, cambiaron las anécdotas, cambiaron los ridículos, cambiaron las personas que encontramos en nuestro camino. Pero hay algo que no cambió: nuestro espíritu por seguir recorriendo el mundo poco a poco.

Esta entrada hablará de ciudades y de gentes, pero sobretodo hablará de historias. Las historias que componen el trayecto desde la T4 del Aeropuerto de Madrid-Barajas hasta la Estación de Trenes de Múnich pasando por Frankfurt, Berlín, Praga, Breclav, Viena y Budapest. Esta entrada está destinada a perpetuar las historias de un nuevo viaje, otro más en la que espero sea una larga lista.

Tres partimos desde Madrid rumbo Frankfurt, expectantes ante lo que nos esperaba, ilusionados por el hecho de incluir Budapest en la ruta en el último momento o intrigados por como podría ser un Youth Hostel en Praga por 6.51€ la noche, entre otras cosas. Éstas dos, desde luego, colmaron nuestras expectativas. El Hostel de Praga, un absoluto agujero con avisos en forma de mensajes en los somieres sobre lo indeseable de sus huéspedes, backpacks rajados o robados, solitarios empleados en recepción, duchas inmundas y en general gente extraña. ¿Qué más puede pedir un backpacker? En cuanto a Budapest, ciudad maravillosa y deprimente a partes iguales -el clima no ayudó- y con la Estación de trenes más miserable que yo haya visto, por no hablar de la seguridad que inspira su servicio de custodia de equipajes por 600 Forintos el día -unos 3€, al cambio-. Espeluznante.

Berlin

Berliner Dom, Berlin

Viena ya fué otra historia. Nueve horas de trayecto desde Praga para recorrer poco más de 450km en una travesía infernal a través de toda la República Checa bien valieron la pena al encontrarnos, nuevamente, en el primer mundo. Su exquisita cerveza nacional Gösser acompañó nuestros paseos por la ciudad de Mozart, realmente preciosa y una de las sorpresas más agradables del viaje.

Mención a parte merece Alemania. Que país tan maravilloso, de veras. Frankfurt, a pesar de su escasa riqueza cultural (recomiendo encarecidamente no reservar estancias de 3 días) se desmarca como una ciudad moderna y agradable, en la tónica del país. Múnich y especialmente Berlín mantienen las virtudes de la ciudad del Meno y añaden muchas otras. El Youth Hostel de la capital alemana, sin duda el mejor, nos mostró lo encantadora que es la gente que viaja como tú, con poco pero a la vez con tanto. Vuelves a comprobar como multitud de destinos de tan distinta naturaleza pueden entrecruzarse en una habitación con 12 camas. La capital de Baviera, por su parte, nos dejó un poco con la miel en los labios. Y con el susto en el cuerpo. Si hay algo de Múnich que siempre recordaremos eso es, sin dudarlo, su estación. Nada más llegar registro rutinario por parte de las autoridades alemanas, las cuales nos detuvieron por la espalda y a las que sólo les faltó desnudarnos en busca de no sé exactamente qué. Toda una experiencia. En lo que a la ciudad se refiere, sencilla y tranquila a partes iguales, ni tiene rascacielos que la eleven como a Frankfurt ni los necesita, pues está a años luz de ésta en casi todos los sentidos. Realmente bonita.

Munich

Karlstor, Munich

Pero si hay una ciudad que permanecerá en nuestro recuerdo por encima de todas ellas esa es, sin duda, la ciudad de Breclav. Perdida en el sur de la República Checa ya en su frontera con el norte austríaco, Breclav es el enclave más deprimente e inhumano que yo haya visto en mi vida. Con una estación sacada de mis peores pesadillas -sólo comparable a la de Praga Holesovice, inhóspita-, la villa es lo más parecido a Racoon City que haya sobre la faz de la tierra. Sólo faltaban los zombies, quienes probablemente dormían a esas intempestivas horas.

Finalmente y dejando de lado ciudades, trenes y estaciones, hay algo que recordaremos por encima de todo ello: las anécdotas que quedaron entre Madrid y Frankfurt. Desde Laszlo Paraflex hasta Mendosa, pasando por el Doctor Zaius, el “it’s greatis” o todo lo, como se dise, “ripugnante” que hemos encontrado a lo largo del camino. ¿Lo he dicho bien?

Pasear por sus calles es lo más parecido a hacerlo por un decorado, donde todo parece dispuesto expresamente como parte del atrezzo de una ciudad que derrocha encanto por los cuatro costados. Bruges -o Brujas- es simplemente preciosa. Sólo unas horas bastan para disfrutar de sus adoquinadas calles, recorrer sus amplias plazas y disfrutar de sus numerosos canales. En otras palabras, para enamorarse de ella. Desde Markt y su Torre Beffroi como centro neurálgico, Bruges exhibe sus innumerables Iglesias y Catedrales formando su característico skyline, en el que destacan, aparte de la propia Beffroi, la Catedral de Saint-Sauveur, La Iglesia de Notre-Dame, el Ayuntamiento en la bonita Plaza de Burg o el no menos famoso Rozenhoed.

Bruges

Vista del Canal Rozenhoed

La llegada a la capital de la región belga de Flandes Occidental fué la más improvisada de todas. Sin alojamiento ni comida y ya entrada la noche llegamos a la Estación de tren de Brujas procendentes de Antwerp -Amberes- y dispuestos a la aventura. El espíritu backpacker empezaba a dar sus frutos. Y de que manera. Siguiendo varias recomendaciones e indagando en la información -poca y de fiabilidad limitada- que nos aportaban las guías, nos dirigimos a varias direcciones mapa en mano. El primer intento fué fallido. El sitio en cuestión ya no existía. El segundo intento, también. Ni una sola cama libre. Con los primeros síntomas de frustración/desesperación opte por la actitud turística por excelencia: preguntar. Y dió resultado. Tras recorrer la larguísima Langestraat y con las primeras señales de hostilidad por parte de uno de los miembros, finalmente llegamos al mejor alojamiento relación calidad-precio de todo el viaje. €15/noche en habitación compartida en el Bauhaus International Youth Hostel de Brujas. El sueño de todo backpacker. Y la experiencia fué inmejorable. Habitación de ocho compuesta por dos alemanes, dos chicas estadounidenses, dos catalanes y nosotros tres. Plantel digno de un chiste. Entablamos una magnifica relación con uno de los alemanes y, especialmente con una de las chicas norteamericanas. Gente estupenda.

Bruges

Walplein, en el centro histórico

Por cierto, rebobinemos. Probablemente habéis notado que algo no cuadra. Tranquilos, lo sé. Los componentes de la habitación suman nueve inquilinos. Efectivamente habían cometido un error. De esta manera, y tras pasar gran parte de la noche con los que se supone eran nuestros compañeros ingiriendo unas Jupiler -la cerveza por excelencia en Bélgica- nos cambiaron a la habitación de al lado, regentada por una pareja de canadienses que probablemente aún recuerden el maravilloso sonido que producen las clásicas bolsas de plástico en el sepulcral silencio de la noche. De igual manera tampoco nosotros olvidaremos el hecho de ir a recoger las cosas a la primera habitación para efectuar el traslado a nuestras nuevas dependencias y encontrarnos a la pareja española en actitud, digamos, íntima. Tierra trágame.

El resto de la estancia en Brujas se resume en calles, canales, plazas, torres, iglesias, catedrales, gente, más calles, más plazas, más torres, más iglesias, más catedrales y más gente para, finalmente, terminar tomándonos unas clásicas patatuelas con salsa -alimento oficial del viaje- y una Coca-Cola del mítico Quick en plena Plaza de Markt. Amén.

Y por fin Amsterdam. Esta ciudad siempre me atrajo con enorme fuerza. Tiene encanto, tiene magia. Tiene un algo difícil de explicar que va mucho mas allá de sus canales y bicicletas. Situada a orillas del río Amstel y de la Bahía IJ, Amsterdam extiende sus innumerables canales de forma concéntrica para formar uno de los conjuntos históricos y arquitectónicos más hermosos de Europa. Desde la Centraal Station hasta Rembrandtpark, cada rincón de cada calle es una mezcla de pequeño pueblo y gran ciudad, de antigüedad y modernidad, como una obra de arte que mezclase múltiples estilos.

I amsterdam

I amsterdam y el Rijksmuseum, en Muntplein

Los contrastes en ella son más que evidentes. Tarea obligada e inevitable es recorrer Damrak hasta Damplatz y Rokin hasta Muntplein, sus arterias principales. Disfrutar de un paseo por Vondelpark y el Museumplein, en una de las zonas más maravillosas de la ciudad, te hace ver porque Amsterdam engancha, porque sus calles enamoran y fascinan a partes iguales. Navegar por sus canales y recorrer su archifamoso Barrio Rojo se antoja imprescindible para saborear tanto los matices dulces como los más salados de esta capital Europea que no deja indiferente a nadie. Y es que Amsterdam tiene algo.

Abril de 2008, finalmente, nos dió la oportunidad de descubrirlo. Nos embarcamos en nuestro pequeño tour por tierras holandesas y belgas con la ciudad de los tulipanes como principal reclamo. Y lo fué. Con permiso de Brugge, Amsterdam marcó el ritmo de un viaje inolvidable, probablemente irrepetible, difícilmente igualable. En él nacieron expresiones que todavía hoy están a la orden del día. En él aprendimos lo que es hacer el ridículo, lo peligrosas que pueden llegar a ser las sustancias alucinógenas o lo limpia que puede llegar a estar una superficie de cristal. En él conocimos la supervivencia a base de patatas con salsa, observamos perplejos como una persona puede llegar a dejarse una cantidad ingente de dinero al día únicamente en mear y nos hicimos una foto con el cartel de un niño nigger extremadamente feliz para, a posteriori, ser plagiados.

I love Amsterdam

I love Amsterdan, tienda en el corazón del Barrio Rojo

Pero no quedo ahí la cosa, créanme. En él experimentamos el sentimiento de ‘tener los dedos fríos cual termitas’, para seguidamente manipular la expresión hasta acabar pronunciando una cantidad respetable de veces la palabra polilla. En él llegamos a caminar bajo la lluvia como nunca antes, presenciamos mil y una maneras de dormir en un tren a los 10 segundos de partir de la estación e incluso fundamos el sentimiento backpacker. En él recorrimos ciudades hasta altas horas de la madrugada consiguiendo, de esta manera, ‘no tener nada que hacer el día siguiente’.

La mayoría de vosotros no habrá entendido nada de todo esto. Lo sé. Y lo siento. Pero todo esto es en realidad Amsterdam para mi. Todo esto es lo que recordaré con el paso del tiempo, cuando los años borren los canales y las bicicletas, cuando ya no recuerde con claridad esas calles y plazas de las que antes hablaba, cuando todo se difumine hasta convertirse en un vago recuerdo. Cuando eso ocurra, todos y cada uno de esos instantes serán Amsterdam.