Se acabó la espera. Apenas dos semanas después de poner punto y final a 14 años como QB de los Colts, Peyton Manning se convirtió ayer en nuevo jugador de los Denver Broncos. Durante 13 largos días al mayor de los Manning le han salido innumerables novias y los rumores le han situado en los Dolphins, los Jets, los Cardinals, los Titans e incluso los 49ers para finalmente acabar en la franquicia de Colorado. Los esfuerzos de John Elway han dado sus frutos, aunque su apuesta por Manning no carece de riesgo. El verdadero estado de forma de Peyton sigue siendo una incógnita y un contrato de 5 años a razón de $96 millones no es precisamente moco de pavo, si bien los Broncos se han cubierto las espaldas. Como informa Mariano Tovar en su blog Zona Roja, el jugador pasará cada año una revisión médica previa a la entrega de una nueva cantidad garantizada, recibiendo 18, 20, 20, 19 y 19 millones de dólares en cada una de las 5 temporadas que abarca el contrato.

Manning posando con su nueva camiseta

Lo que no deja lugar a la duda es que su llegada a Denver abre un debate que desatará ríos de tinta de aquí al incio de la temporada regular: ¿pasan los Broncos automáticamente a ser candidatos a levantar el Vince Lombardi? Desde luego parece indiscutible que si el de New Orleans está sano su repercusión será inmediata. La cuestión es más si esa repercusión les sitúa como claros aspirantes al anillo. En su primera rueda de prensa como Bronco, Manning dejó varias frases que ocuparán lugares de privilegio en la prensa deportiva de hoy. Confesó “sentirse entusiasmado” y ante la pregunta de si podría disputar un partido este mismo Domingo contestó “sí, podría”, aclarando además que no llega a Denver para “ser el coordinador ofensivo”.

No obstante podría pensarse que, si lo de Manning sale mal, Tebow sería un sustituto de ciertas garantías. Difícilmente. El fichaje del 18 deja a Timothy con pie y medio fuera de la franquicia de Pat Bowlen, lo que nos lleva al otro de los debates: ¿Y ahora qué pasa con Tebow? Jacksonville se presenta como la opción más creíble pero al ex-Gator tampoco le faltan pretendientas. Suena para los Jets e incluso para Patriots y Packers. Quién le iba a decir al pobre Tim que se iba a ver en esta situación después de lo de la pasada temporada, después del Tebowing a Pittsburgh en el OT del Divisional Round, depués de la Tebowmania. Todo lo anterior parecía garantizarle los mandos de Denver durante 2012, pero nada más lejos de la realidad. Dijo ayer Elway que el traspaso del todavía QB de los Broncos es “una posibilidad” y confesó que “lo más difícil de todo esto es Tim Tebow, por lo que pienso acerca de Tim Tebow”. Sea como fuere parece evidente que su futuro está lejos de Mile High. Hay un nuevo jinete en Colorado.

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Cuatro años después de la memorable Super Bowl XLII, New York Giants y New England Patriots volvían a verse las caras, esta vez bajo el techo del Lucas Oil Stadium de Indianapolis, hogar de los Colts. Dos largas semanas de rumores y debates desde que los Giants tomaran Candlestick Park y los Patriots hicieran lo propio en el Gillette Stadium ante los Ravens en sendas finales de Conferencia. Gronkowski, Brady, Peyton e Eli Manning, cada uno por distintos motivos, hacían correr ríos de tinta antes de la cita de anoche. ¿Jugaría el TE de New England pese a su maltrecho tobillo? ¿Es Tom Brady el mejor QB de la historia? ¿Lo sería en caso de hacerse los Pats con el Vince Lombardi? ¿Son ciertos los rumores sobre una inminente retirada del mayor de los Manning? ¿Puede considerarse a Eli un QB de elite? Muchas preguntas y muy pocas respuestas.

Eli Manning alzando el Vince Lombardi Trophy

Pero nada de eso importó cuando el balón voló por los aires.  El primer cuarto dió muestras de que los Giants iban muy en serio. Manning sólido, consiguiendo primeros downs con relativa solvencia y Hakeem Nicks y Victor Cruz haciendo de las suyas. Un touchdown de este último dejaba el marcador en 9-0 después de que, minutos antes, Brady fuera placado en su propia endzone y posteriormente sancionado por intentional grounding en su primera intervención de la noche. Insistía el 12 de los Pats en Green-Ellis, pero la secundaria de los ‘Gigantes’ cerraba todos los avances del running back. Eran las capturas de Hernandez y sobretodo de Welker las que sumaban más yardas para New England. Un field goal al comienzo del segundo cuarto acortaba distancias para los de Boston que sin embargo seguían sufriendo en ataque gracias en gran medida al gran partido de Pierre-Paul. Jacobs y Bradshaw empezaban a cobrar más protagonismo en el juego de los neoyorkinos pero seguían siendo Nicks y sus capturas los protagonistas del ataque. Fué en ese momento cuando Brady, reivindicando su papel de estrella, conducía un magnífico drive de 96 yardas -el más largo en la historia de la Super Bowl- para poner el balón en las manos de Woodhead y llevar a su equipo al descanso uno arriba en el marcador. Los Pats habían vuelto.

Pero las malas noticias para los Giants no acababan ahí. New England disfrutaría de la primera posesión del tercer cuarto y no la desperdiciaría. Brady volvía de los vestuarios igual de enchufado que se fué y en poco más de 3 minutos servía a Aaron Hernandez su segundo pase de touchdown de la noche para poner el marcador 9-17. Ocho puntos de diferencia. Dos anotaciones. Un mundo en partidos de estas características. Lo que nadie sabía es que los Patriots no volverían a mover el marcador. Un buen retorno de Jerrel Jernigan daba el pistoletazo de salida a la escalada lenta pero precisa de los Giants. Los dos field goals de Lawrence Tynes antes del final del tercer cuarto invitaban a soñar. 15-17. Quince minutos por disputarse y todo por decidir.

Mario Manningham emulando a David Tyree

El último cuarto comienza con una estadística en pantalla: Eli Manning, 15 TD en el último cuarto en temporada regular le convierten en el mejor QB de la NFL en esta faceta. Los Giants se agarraban a este dato para ser optimistas. No necesitaban un milagro, ni mucho menos, y la cosa no empezaba mal. Blackburn interceptaba a Brady cuando aún no se había cumplido el primer minuto de juego y el balón volvía a las manos del 10 de los Giants antes de lo esperado. Victor Cruz seguía penetrando en la defensa contraria como un cuchillo en la mantequilla y comenzaba a aparecer un Mario Manningham que a la postre resultaría decisivo. No obstante los Patriots seguían enchufados y tendrían en su mano la victoria a 4 minutos para el final del partido. Brady deambulaba por la yarda 50 en 2nd&11 cuando se sacó de la chistera un espléndido pase de casi 30 yardas a Wes Welker, a quién incompresiblemente se le escapó el balón de las manos y con él gran parte de las posibilidades de New England.

Los Giants recuperaban así la posesión del balón con 3:46 por delante y la sombra de la Super Bowl XLII sobrevolando el Lucas Oil Stadium. Fué entonces cuando llegó la jugada del partido. Mario Manningham se disfrazó de David Tyree para capturar una nueva maravilla de 45 yardas salida del brazo de Eli Manning. Yarda 50. 3:38. La historia se estaba repitiendo. A partir de entonces el binomio Manning-Mannigham junto a un estelar Nicks fueron ganando yardas hasta dejar el touchdown de la victoria en manos de un Bradshaw que emuló a Plaxico Burress a falta de 57 segundos para el final del partido. Había vuelto a ocurrir. Los Patriots volvían a verse por debajo en el marcador sin apenas tiempo para reaccionar. Brady intentaría un último drive milagroso culminado con un ‘Hail Mary’ sobre la bocina que puso a medio mundo en pie, pero finalmente el balón no acabó en manos de nadie.

21-17. Los Giants, cuatro años después, habían vuelto a hacerlo. Definitivamente la historia se había repetido.

Otro 6 de Junio más ha llegado, y con él una nueva vela en tu particular tarta, que ya suma 29 y que cierra estos 28 que tantas novedades han traído a tu vida. Sobra decir que lo mejor está por llegar, pero mientras lo haga, disfruta del camino. Y déjame disfrutarlo a tu lado. Te quiero.

0:48:30. Estas tres cifras representan mi primera marca oficial como runner, lograda el pasado 17 de Abril en los 10K de Madrid, prueba oficial de la Federación Española de Atletismo. Esta carrera supone la primera de la que espero sea una larga lista en un futuro no muy lejano. Desde que me picó el gusanillo del running tenía en mente vivir una experiencia de este tipo y en cuanto vi la posibilidad de estrenarme en un escenario como es el Maratón de Madrid y su hermano pequeño, los 10K, no lo dudé un sólo instante.

Diploma Oficial

El día comenzó a las 6.00 de la mañana, momento en el que me levanté para, tras tomar tomar un ligero desayuno, empezar el proceso de hidratación recomendado para afrontar esta distancia con las máximas garantías. A las 7.30h puse rumbo al centro y a las 8.10h ya estaba soltando mi mochila en el guardarropa situado frente a la Diosa Cibeles. El Paseo de Recoletos presentaba un aspecto formidable. 16000 runners comenzaban a tomar posiciones mientras los primeros nervios hacían acto de presencia, dada la cercanía del pistoletazo de salida. La calle se dividía en dos mitades: la mitad izquierda, ocupada por los maratonianos, y la mitad derecha, plagada de medio-fondistas y, jugando con las palabras, algún que otro fondón. Yo me dediqué a subir a trote, calentando en la medida de lo posible en el trayecto hasta la línea de Salida, situada en la Plaza de Colón. Una vez allí me situé, muy honestamente, sólo unos metros por delante del indicador de “Tiempo de carrera: 50 minutos”. Craso error.

9.00h. Comienza la carrera. La gente aplaude. 3 minutos y 10 segundos después mis zapatillas cruzan la línea de Salida. Activo mi cronómetro y miro al cielo. El helicóptero de TeleMadrid sobrevuela la Plaza, en la que el ambiente es espectacular pese a la hora. Saboreo el momento y, sólo un instante después, únicamente pienso en correr. Los nervios se habían ido. La subida de la Castellana hasta el Estadio Santiago Bernabéu se resume en una palabra: adelantar. Corrí el primer km en casi 5’30”, dedicado exclusivamente a encontrar huecos por los que poder avanzar, lo cual lastró en gran medida mi marca final. En Rafael Salgado se bifurca la carrera. Nos despedimos de los maratonianos con un sincero aplauso de ánimo y seguimos a lo nuestro. El ritmo comienza a mejorar -era difícil empeorarlo- pero no fué hasta Concha Espina, ya pasado el km 4, donde la carrera se lanzó y donde se empezó a poder correr de verdad.

Llegada a Meta

El avituallamiento del km 5, por el que pasé en 0:25:21, supuso el último pequeño parón. La bajada de la Castellana hasta el giro a la izquierda en Jorge Juan, situada en el km 8, fué verdaderamente rápida. No quedaba otro remedio si quería bajar de 50 minutos. Además, todo sea dicho, me encontraba cómodo, con fuerzas. Y apreté. El pequeño tramo de la calle Serrano fué rápido y el más solitario en lo que a público se refiere, cosa que cambiaría pocos metros después, una vez alcanzada la maravillosa Plaza de la Independencia y su Puerta de Alcalá. Fué allí, casi en el km 9, donde decidí vaciarme en busca de una buena marca. Y lo hice. El problema es que quizá fué demasiado pronto o, simplemente, no era el lugar más adecuado. La ligera subida de la calle O’Donnell se me hizo larga, muy larga, y el último km fué el que más escoció. El siguiente giro a la derecha ponía ante ti la interminable recta de Meta situada en el Paseo de coches del Retiro. Tiempo Oficial: 0:51:40. Tiempo neto: 0:48:30. Clasificación General: 1212 (5400 corredores). Puesto: 502 (de mi categoría).

El avituallamiento de Meta, perfecto. Dos Powerade en una mano, zumo y agua en la otra. No se puede pedir más. Más crítico tengo que ser con la lamentable organización del guardarropa. 45 minutos para poder recoger la mochila que, milagrosamente, seguía allí. Todo ello quedándote frío y sin poder siquiera estirar. Un desastre en toda regla. Por lo demás, una experiencia inolvidable.

Próximo objetivo: Media Maratón.

Pues si. Nuevamente Londres. Tuve la suerte de visitar esta ciudad en 2006 y la verdad, fué una experiencia increíble. Cuatro años y medio después y algo de mundo entre medias me encuentro, de nuevo, recién llegado de ella. Esta vez cambiando Paddington Station por Russell Square y el Dolphin Hotel en Norfolk Sq. por el Royal National en Bedford Way.

Houses of Parliament

Después de cruzar el Atlántico para pasar una semana inolvidable en las costas caribeñas de México y de visitar el norte de Italia en el mes de Julio -ambas entradas aún por escribir-, tocaba repetir destino, y qué mejor lugar para hacerlo que la capital británica. Londres significó el comienzo de muchas cosas, entre ellas mi tradición sobre conocer las ciudades a base de recorrerlas a pie. Y vaya si lo hicimos. Salvo el crucero que tomamos por el Támesis para llegar a Greenwich, ni rastro del famoso Tube o de autobuses turísticos tipo Sightseeing. Nada. No recuerdo mayor dolor de piernas del que sufrí tras el primer día de la citada tradición. Nadie dijo que fuese fácil, supongo. Ir desde Lancaster Gate hasta el Tower Bridge por una orilla y volver por la otra, en un solo día, no tiene precio creedme, pero si vuestras piernas os lo permiten es más que recomendable. Y es que, desde mi punto de vista, las ciudades no residen en sus museos o en sus palacios, por importantes que éstos sean. Residen en sus calles, en sus gentes, en sus tradiciones. Y no hay mejor manera de familiarizarse con estas que acariciarlas con la mano desnuda. Esto no significa, por supuesto, que vivir lo meramente turístico sea una pérdida de tiempo. Todo lo contrario. Pero desde luego no es lo que hace inolvidable a un viaje, si no más bien un complemento. Necesario, si, pero un complemento al fin y al cabo.

Ni que decir que todo esto se aplica a Londres, ciudad multicultural donde las haya. Desde el mestizaje de Covent Garden o el Camden Market hasta su famosa City, centro financiero de nivel mundial, Londres ofrece casi de todo. Las orillas del Thames bañan una ciudad que rebosa vida. El Parlamento y su famoso Big Ben, la Abadía de Westminster, el Tower Bridge, el London Eye, Trafalgar Square, Buckingham Palace, Piccadilly Circus o el Tower of London son sólo algunos de los sitios más representativos que la ciudad te ofrece, pero no son los únicos. Sus grandes parques -Hyde Park y Regent’s Park- junto a Green Park y St James Park conforman el majestuoso pulmón de la capital británica.

Tower Bridge

Esta vez, a lo ya mencionado se ha unido una escapada a las afueras para conocer las localidades de Canterbury y Dover, tan recomendable la primera como insípida la segunda. Dover ofrece, principalmente, sus famosos White Cliffs o Acantilados Blancos a parte de su castillo (a £13.90  la entrada) y su importante puerto comercial, antaño exponente del transporte marítimo por su cercanía a la costa francesa y hoy día mucho más mermado, sobretodo a raíz de la aparición en escena del Eurotunel. En cuanto a los acantilados, sin dejar de lado sus encantos que los tiene, simplemente no justifican alejarse dos horas de Londres para, además, necesitar un taxi, dado que están a las afueras. Canterbury, sin embargo, es más de lo que parece. Obviando su majestuosa Catedral del siglo XII -mencionada en Los Pilares de la Tierra del señor Follet con razón- esta villa es una especie de Brujas moderna, salvando las diferencias con la maravillosa ciudad belga. Completamente amurallada, Canterbury combina una arquitectura medieval con la modernidad y lujo de sus galerías comerciales. Realmente bonita.

Pero querría terminar esta entrada volviendo a Londres. Muchas diferencias ha habido entre el primer Londres y éste otro. Muchas, creedme. Pero tanto la ciudad que conocí hace casi un lustro como la que acabo de volver a disfrutar me han dejado el mismo sabor de boca, que no es otro que el de que Londres es una ciudad que te atrae, que te pide a gritos que vuelvas a ella. A los que ya habéis ido no tengo que explicaros por qué. En cuanto a los que aún no lo habéis hecho os daré un sencillo consejo: hacedlo. No os arrepentiréis.

Hace mucho que debí escribir esta entrada. Casi dos años, para ser exacto. Pero sea como fuere hoy me siento frente al teclado para compartir con vosotros una de las experiencias más inolvidables de mi vida, la segunda parte de mi viaje a USA: New York.

Skyline de Manhattan desde Ellis Island

Sé que suena muy típico, pero pisar la Gran Manzana era el sueño de mi vida. Desde niño imaginaba visitar esta ciudad y, quizá algún día, vivir en ella. He aquí el relato de lo primero. Lo segundo, por el momento, tendrá que esperar.

Esta historia, quién me lo iba decir, empieza ya en suelo americano, en la ciudad de Auburn, Alabama, dónde pasé un tiempo indescriptible, inmejorable, irrepetible  y muchos otros adjetivos comenzados en i. Pero esa experiencia da para otra entrada, lo prometo. Como decía, la mañana de mi viaje a Manhattan comenzó en el Cambridge Student Housing, nuestra residencia de estudiantes situada frente al Samford Hall, edificio principal de la Auburn University. Lo cierto es que nunca pensé que el día en el que iba a ver visto cumplido uno de mis mayores sueños me iba a sentir, curiosamente, triste. Abandonaba Alabama con un sabor agridulce, con la sensación de que todo había pasado volando, de no saber si algún día volvería a ver a muchas de las personas a las que allí había conocido y con las que tanto había congeniado. Me levanté temprano, puesto que había contratado un servicio de taxi hasta Atlanta junto a tres compañeros del Mises University. El viaje, de unas 100 millas (160 km aprox.), se me pasó volando, víctima de la tristeza y el sueño. Ya en el inmenso Hartsfield-Jackson de Atlanta compré los últimos souvenirs en la tienda oficial de Coca-Cola, todo un símbolo de la ciudad, y puse rumbo al Aeropuerto de Newark, en New Jersey, donde llegué tras apenas 2 horas y 30 minutos. Una vez allí no me resultó difícil conseguir una lanzadera hasta el corazón de Manhattan, negocio bastante obvio y sobradamente explotado por  cualquiera que posea una Van (clásicas furgonetas americanas) y algo de tiempo libre. Por unos 20$ (unos 15€ al cambio) el tipo te lleva desde el Aeropuerto en cuestión hasta la puerta de tu Hotel. En ese trayecto disfruté de uno de los momentos más esperados: ver el skyline de Nueva York dibujarse ante mi, poco a poco, como las porterías en Oliver y Benji. Y os lo aseguro, impresiona.

Brooklyn Bridge

Posteriormente, tras un recorrido por la Isla cortesía del simpático conductor de origen argentino, llegué a mi Hotel, el Quality de Times Square, a apenas 20 metros de la famosa encrucijada de la 7ª Avenida con Broadway. Dejé mis cosas y, aún sin asumir que por fin estaba allí, me dispuse cámara en mano a pasear por Central Park hasta la llegada de mi hermana. Ella volaba al JFK procedente de Londres esa misma noche. Resumiré el resto del día en que, aunque más tarde de lo previsto, pudo llegar al Hotel sana y salva y en limusina. Ahí queda eso.

Nueva York tiene tanto que ofrecer que sería imposible expresarlo todo aquí. Nuestros días transcurrieron, principalmente y como es lógico, en Manhattan, uno de los 5 boroughs que forman la ciudad y el más importante turísticamente hablando. Los otros cuatro son Brooklyn, Queens, Staten Island y el Bronx, de los cuales visitamos todos menos Queens, barrio eminentemente residencial y sin ningún atractivo en particular.

Nuestro alojamiento, situado en pleno Theater District, corazón de Midtown Manhattan, ponía cada mañana ante nosotros toda la actividad de Times Square y el encanto de Broadway. Situados entre la Avenue of the Americas y Fashion Avenue, con Central Park y la Quinta Avenida a apenas 10 min a pie, nuestra situación era difícilmente mejorable. Así dedicamos la mitad del viaje a disfrutar de todos los encantos del Midtown, desde la 1ª Avenida hasta la 12ª y desde la calle 34 hasta Central Park: las Naciones Unidas, la Grand Central Terminal, el Chrysler Building, el MoMA, la Quinta, Sexta y Séptima Avenida, el Metropolitan, el Rockefeller Center y, como no, el Empire State Building, entre muchas otras cosas. El resto de la estancia transcurrió entre la tranquilidad de Greenwich Village, el mestizaje de barrios como Little Italy o Chinatown o la actividad del Distrito Financiero y South Street Seaport.

Flatiron Building

Fuera de la isla fueron obligadas las visitas a Liberty y Ellis Island, con la Estatua de la Libertad como mayor atractivo, el ferry a Staten Island, con vistas espectaculares de Manhattan, el Bronx y su Teatro Apollo y, como no, Brooklyn, desde donde se puede contemplar la postal más característica de la ciudad y una de las más famosas del mundo. Pero si algo hace inolvidables todos estos lugares es la manera en que los vives, las cosas que te pasan y que quedan grabadas a fuego en tu memoria. Así, a cada uno de estos sitios le corresponden multitud de anécdotas que les dan vida, que les regalan un lugar en el recuerdo. Desde los abominables Pretzels hasta los indescriptibles helados de Times Square pasando por los Hot Dogs que no quitan el hambre, los odiosos pizzoletos de Washington Square, el Friday’s de la Quinta Avenida, las cajas con pisadas del Joe’s Pizza, la bolsa de M&M’s, el desayuno en Bryant Park, el edificio de Chandler, las interminables visitas al Apple Store de la 5ª, las compras nocturnas, las caminatas desde Brooklyn hasta la calle 47th o las inolvidables vistas desde la terraza del Metropolitan Museum of New York.

Todo forma ya parte de un imborrable recuerdo y, sólo por eso, merecía estar aquí plasmado.

Nuevo viaje, nueva experiencia, nuevas anécdotas. Una vez más me encuentro aquí, frente al teclado, buscando las palabras idóneas que definan una nueva página de nuestra vida. Aunque más que de páginas debería hablar de capítulos, los que componen nuestras vivencias juntos alrededor del mundo.

Vienna

Rathauspark, Viena

En esta ocasión la aventura se desplazaba hacia al este, lo más al este que, al menos en mi caso, había estado hasta el momento. Alemania, República Checa, Austria y Hungría eran los destinos de un viaje realmente inolvidable. Desafortunadamente no éramos todos los que somos, reto que aún sigue pendiente, pero poco más se podía pedir. Cambiaron los compañeros de ruta, cambiaron las anécdotas, cambiaron los ridículos, cambiaron las personas que encontramos en nuestro camino. Pero hay algo que no cambió: nuestro espíritu por seguir recorriendo el mundo poco a poco.

Esta entrada hablará de ciudades y de gentes, pero sobretodo hablará de historias. Las historias que componen el trayecto desde la T4 del Aeropuerto de Madrid-Barajas hasta la Estación de Trenes de Múnich pasando por Frankfurt, Berlín, Praga, Breclav, Viena y Budapest. Esta entrada está destinada a perpetuar las historias de un nuevo viaje, otro más en la que espero sea una larga lista.

Tres partimos desde Madrid rumbo Frankfurt, expectantes ante lo que nos esperaba, ilusionados por el hecho de incluir Budapest en la ruta en el último momento o intrigados por como podría ser un Youth Hostel en Praga por 6.51€ la noche, entre otras cosas. Éstas dos, desde luego, colmaron nuestras expectativas. El Hostel de Praga, un absoluto agujero con avisos en forma de mensajes en los somieres sobre lo indeseable de sus huéspedes, backpacks rajados o robados, solitarios empleados en recepción, duchas inmundas y en general gente extraña. ¿Qué más puede pedir un backpacker? En cuanto a Budapest, ciudad maravillosa y deprimente a partes iguales -el clima no ayudó- y con la Estación de trenes más miserable que yo haya visto, por no hablar de la seguridad que inspira su servicio de custodia de equipajes por 600 Forintos el día -unos 3€, al cambio-. Espeluznante.

Berlin

Berliner Dom, Berlin

Viena ya fué otra historia. Nueve horas de trayecto desde Praga para recorrer poco más de 450km en una travesía infernal a través de toda la República Checa bien valieron la pena al encontrarnos, nuevamente, en el primer mundo. Su exquisita cerveza nacional Gösser acompañó nuestros paseos por la ciudad de Mozart, realmente preciosa y una de las sorpresas más agradables del viaje.

Mención a parte merece Alemania. Que país tan maravilloso, de veras. Frankfurt, a pesar de su escasa riqueza cultural (recomiendo encarecidamente no reservar estancias de 3 días) se desmarca como una ciudad moderna y agradable, en la tónica del país. Múnich y especialmente Berlín mantienen las virtudes de la ciudad del Meno y añaden muchas otras. El Youth Hostel de la capital alemana, sin duda el mejor, nos mostró lo encantadora que es la gente que viaja como tú, con poco pero a la vez con tanto. Vuelves a comprobar como multitud de destinos de tan distinta naturaleza pueden entrecruzarse en una habitación con 12 camas. La capital de Baviera, por su parte, nos dejó un poco con la miel en los labios. Y con el susto en el cuerpo. Si hay algo de Múnich que siempre recordaremos eso es, sin dudarlo, su estación. Nada más llegar registro rutinario por parte de las autoridades alemanas, las cuales nos detuvieron por la espalda y a las que sólo les faltó desnudarnos en busca de no sé exactamente qué. Toda una experiencia. En lo que a la ciudad se refiere, sencilla y tranquila a partes iguales, ni tiene rascacielos que la eleven como a Frankfurt ni los necesita, pues está a años luz de ésta en casi todos los sentidos. Realmente bonita.

Munich

Karlstor, Munich

Pero si hay una ciudad que permanecerá en nuestro recuerdo por encima de todas ellas esa es, sin duda, la ciudad de Breclav. Perdida en el sur de la República Checa ya en su frontera con el norte austríaco, Breclav es el enclave más deprimente e inhumano que yo haya visto en mi vida. Con una estación sacada de mis peores pesadillas -sólo comparable a la de Praga Holesovice, inhóspita-, la villa es lo más parecido a Racoon City que haya sobre la faz de la tierra. Sólo faltaban los zombies, quienes probablemente dormían a esas intempestivas horas.

Finalmente y dejando de lado ciudades, trenes y estaciones, hay algo que recordaremos por encima de todo ello: las anécdotas que quedaron entre Madrid y Frankfurt. Desde Laszlo Paraflex hasta Mendosa, pasando por el Doctor Zaius, el “it’s greatis” o todo lo, como se dise, “ripugnante” que hemos encontrado a lo largo del camino. ¿Lo he dicho bien?