Nuevo viaje, nueva experiencia, nuevas anécdotas. Una vez más me encuentro aquí, frente al teclado, buscando las palabras idóneas que definan una nueva página de nuestra vida. Aunque más que de páginas debería hablar de capítulos, los que componen nuestras vivencias juntos alrededor del mundo.

Vienna

Rathauspark, Viena

En esta ocasión la aventura se desplazaba hacia al este, lo más al este que, al menos en mi caso, había estado hasta el momento. Alemania, República Checa, Austria y Hungría eran los destinos de un viaje realmente inolvidable. Desafortunadamente no éramos todos los que somos, reto que aún sigue pendiente, pero poco más se podía pedir. Cambiaron los compañeros de ruta, cambiaron las anécdotas, cambiaron los ridículos, cambiaron las personas que encontramos en nuestro camino. Pero hay algo que no cambió: nuestro espíritu por seguir recorriendo el mundo poco a poco.

Esta entrada hablará de ciudades y de gentes, pero sobretodo hablará de historias. Las historias que componen el trayecto desde la T4 del Aeropuerto de Madrid-Barajas hasta la Estación de Trenes de Múnich pasando por Frankfurt, Berlín, Praga, Breclav, Viena y Budapest. Esta entrada está destinada a perpetuar las historias de un nuevo viaje, otro más en la que espero sea una larga lista.

Tres partimos desde Madrid rumbo Frankfurt, expectantes ante lo que nos esperaba, ilusionados por el hecho de incluir Budapest en la ruta en el último momento o intrigados por como podría ser un Youth Hostel en Praga por 6.51€ la noche, entre otras cosas. Éstas dos, desde luego, colmaron nuestras expectativas. El Hostel de Praga, un absoluto agujero con avisos en forma de mensajes en los somieres sobre lo indeseable de sus huéspedes, backpacks rajados o robados, solitarios empleados en recepción, duchas inmundas y en general gente extraña. ¿Qué más puede pedir un backpacker? En cuanto a Budapest, ciudad maravillosa y deprimente a partes iguales -el clima no ayudó- y con la Estación de trenes más miserable que yo haya visto, por no hablar de la seguridad que inspira su servicio de custodia de equipajes por 600 Forintos el día -unos 3€, al cambio-. Espeluznante.

Berlin

Berliner Dom, Berlin

Viena ya fué otra historia. Nueve horas de trayecto desde Praga para recorrer poco más de 450km en una travesía infernal a través de toda la República Checa bien valieron la pena al encontrarnos, nuevamente, en el primer mundo. Su exquisita cerveza nacional Gösser acompañó nuestros paseos por la ciudad de Mozart, realmente preciosa y una de las sorpresas más agradables del viaje.

Mención a parte merece Alemania. Que país tan maravilloso, de veras. Frankfurt, a pesar de su escasa riqueza cultural (recomiendo encarecidamente no reservar estancias de 3 días) se desmarca como una ciudad moderna y agradable, en la tónica del país. Múnich y especialmente Berlín mantienen las virtudes de la ciudad del Meno y añaden muchas otras. El Youth Hostel de la capital alemana, sin duda el mejor, nos mostró lo encantadora que es la gente que viaja como tú, con poco pero a la vez con tanto. Vuelves a comprobar como multitud de destinos de tan distinta naturaleza pueden entrecruzarse en una habitación con 12 camas. La capital de Baviera, por su parte, nos dejó un poco con la miel en los labios. Y con el susto en el cuerpo. Si hay algo de Múnich que siempre recordaremos eso es, sin dudarlo, su estación. Nada más llegar registro rutinario por parte de las autoridades alemanas, las cuales nos detuvieron por la espalda y a las que sólo les faltó desnudarnos en busca de no sé exactamente qué. Toda una experiencia. En lo que a la ciudad se refiere, sencilla y tranquila a partes iguales, ni tiene rascacielos que la eleven como a Frankfurt ni los necesita, pues está a años luz de ésta en casi todos los sentidos. Realmente bonita.

Munich

Karlstor, Munich

Pero si hay una ciudad que permanecerá en nuestro recuerdo por encima de todas ellas esa es, sin duda, la ciudad de Breclav. Perdida en el sur de la República Checa ya en su frontera con el norte austríaco, Breclav es el enclave más deprimente e inhumano que yo haya visto en mi vida. Con una estación sacada de mis peores pesadillas -sólo comparable a la de Praga Holesovice, inhóspita-, la villa es lo más parecido a Racoon City que haya sobre la faz de la tierra. Sólo faltaban los zombies, quienes probablemente dormían a esas intempestivas horas.

Finalmente y dejando de lado ciudades, trenes y estaciones, hay algo que recordaremos por encima de todo ello: las anécdotas que quedaron entre Madrid y Frankfurt. Desde Laszlo Paraflex hasta Mendosa, pasando por el Doctor Zaius, el “it’s greatis” o todo lo, como se dise, “ripugnante” que hemos encontrado a lo largo del camino. ¿Lo he dicho bien?

Pasear por sus calles es lo más parecido a hacerlo por un decorado, donde todo parece dispuesto expresamente como parte del atrezzo de una ciudad que derrocha encanto por los cuatro costados. Bruges -o Brujas- es simplemente preciosa. Sólo unas horas bastan para disfrutar de sus adoquinadas calles, recorrer sus amplias plazas y disfrutar de sus numerosos canales. En otras palabras, para enamorarse de ella. Desde Markt y su Torre Beffroi como centro neurálgico, Bruges exhibe sus innumerables Iglesias y Catedrales formando su característico skyline, en el que destacan, aparte de la propia Beffroi, la Catedral de Saint-Sauveur, La Iglesia de Notre-Dame, el Ayuntamiento en la bonita Plaza de Burg o el no menos famoso Rozenhoed.

Bruges

Vista del Canal Rozenhoed

La llegada a la capital de la región belga de Flandes Occidental fué la más improvisada de todas. Sin alojamiento ni comida y ya entrada la noche llegamos a la Estación de tren de Brujas procendentes de Antwerp -Amberes- y dispuestos a la aventura. El espíritu backpacker empezaba a dar sus frutos. Y de que manera. Siguiendo varias recomendaciones e indagando en la información -poca y de fiabilidad limitada- que nos aportaban las guías, nos dirigimos a varias direcciones mapa en mano. El primer intento fué fallido. El sitio en cuestión ya no existía. El segundo intento, también. Ni una sola cama libre. Con los primeros síntomas de frustración/desesperación opte por la actitud turística por excelencia: preguntar. Y dió resultado. Tras recorrer la larguísima Langestraat y con las primeras señales de hostilidad por parte de uno de los miembros, finalmente llegamos al mejor alojamiento relación calidad-precio de todo el viaje. €15/noche en habitación compartida en el Bauhaus International Youth Hostel de Brujas. El sueño de todo backpacker. Y la experiencia fué inmejorable. Habitación de ocho compuesta por dos alemanes, dos chicas estadounidenses, dos catalanes y nosotros tres. Plantel digno de un chiste. Entablamos una magnifica relación con uno de los alemanes y, especialmente con una de las chicas norteamericanas. Gente estupenda.

Bruges

Walplein, en el centro histórico

Por cierto, rebobinemos. Probablemente habéis notado que algo no cuadra. Tranquilos, lo sé. Los componentes de la habitación suman nueve inquilinos. Efectivamente habían cometido un error. De esta manera, y tras pasar gran parte de la noche con los que se supone eran nuestros compañeros ingiriendo unas Jupiler -la cerveza por excelencia en Bélgica- nos cambiaron a la habitación de al lado, regentada por una pareja de canadienses que probablemente aún recuerden el maravilloso sonido que producen las clásicas bolsas de plástico en el sepulcral silencio de la noche. De igual manera tampoco nosotros olvidaremos el hecho de ir a recoger las cosas a la primera habitación para efectuar el traslado a nuestras nuevas dependencias y encontrarnos a la pareja española en actitud, digamos, íntima. Tierra trágame.

El resto de la estancia en Brujas se resume en calles, canales, plazas, torres, iglesias, catedrales, gente, más calles, más plazas, más torres, más iglesias, más catedrales y más gente para, finalmente, terminar tomándonos unas clásicas patatuelas con salsa -alimento oficial del viaje- y una Coca-Cola del mítico Quick en plena Plaza de Markt. Amén.

Y por fin Amsterdam. Esta ciudad siempre me atrajo con enorme fuerza. Tiene encanto, tiene magia. Tiene un algo difícil de explicar que va mucho mas allá de sus canales y bicicletas. Situada a orillas del río Amstel y de la Bahía IJ, Amsterdam extiende sus innumerables canales de forma concéntrica para formar uno de los conjuntos históricos y arquitectónicos más hermosos de Europa. Desde la Centraal Station hasta Rembrandtpark, cada rincón de cada calle es una mezcla de pequeño pueblo y gran ciudad, de antigüedad y modernidad, como una obra de arte que mezclase múltiples estilos.

I amsterdam

I amsterdam y el Rijksmuseum, en Muntplein

Los contrastes en ella son más que evidentes. Tarea obligada e inevitable es recorrer Damrak hasta Damplatz y Rokin hasta Muntplein, sus arterias principales. Disfrutar de un paseo por Vondelpark y el Museumplein, en una de las zonas más maravillosas de la ciudad, te hace ver porque Amsterdam engancha, porque sus calles enamoran y fascinan a partes iguales. Navegar por sus canales y recorrer su archifamoso Barrio Rojo se antoja imprescindible para saborear tanto los matices dulces como los más salados de esta capital Europea que no deja indiferente a nadie. Y es que Amsterdam tiene algo.

Abril de 2008, finalmente, nos dió la oportunidad de descubrirlo. Nos embarcamos en nuestro pequeño tour por tierras holandesas y belgas con la ciudad de los tulipanes como principal reclamo. Y lo fué. Con permiso de Brugge, Amsterdam marcó el ritmo de un viaje inolvidable, probablemente irrepetible, difícilmente igualable. En él nacieron expresiones que todavía hoy están a la orden del día. En él aprendimos lo que es hacer el ridículo, lo peligrosas que pueden llegar a ser las sustancias alucinógenas o lo limpia que puede llegar a estar una superficie de cristal. En él conocimos la supervivencia a base de patatas con salsa, observamos perplejos como una persona puede llegar a dejarse una cantidad ingente de dinero al día únicamente en mear y nos hicimos una foto con el cartel de un niño nigger extremadamente feliz para, a posteriori, ser plagiados.

I love Amsterdam

I love Amsterdan, tienda en el corazón del Barrio Rojo

Pero no quedo ahí la cosa, créanme. En él experimentamos el sentimiento de ‘tener los dedos fríos cual termitas’, para seguidamente manipular la expresión hasta acabar pronunciando una cantidad respetable de veces la palabra polilla. En él llegamos a caminar bajo la lluvia como nunca antes, presenciamos mil y una maneras de dormir en un tren a los 10 segundos de partir de la estación e incluso fundamos el sentimiento backpacker. En él recorrimos ciudades hasta altas horas de la madrugada consiguiendo, de esta manera, ‘no tener nada que hacer el día siguiente’.

La mayoría de vosotros no habrá entendido nada de todo esto. Lo sé. Y lo siento. Pero todo esto es en realidad Amsterdam para mi. Todo esto es lo que recordaré con el paso del tiempo, cuando los años borren los canales y las bicicletas, cuando ya no recuerde con claridad esas calles y plazas de las que antes hablaba, cuando todo se difumine hasta convertirse en un vago recuerdo. Cuando eso ocurra, todos y cada uno de esos instantes serán Amsterdam.